“Si el País Vasco rompe con su tradición solidaria, la ‘odiocracia’ le estallará en la cara”
Convertida en objetivo habitual de sectores ultras y simpatizantes de Javier Milei, terminó sufriendo una campaña de intimidación cada vez más agresiva, con amenazas de muerte por parte de personas presuntamente vinculadas a la Fuerza Aérea Argentina. Ante el riesgo y el miedo por su seguridad, se vio empujada a pedir asilo en en el Estado español, desde donde continúa escribiendo.
Tras varios libros dedicados a explorar el amor, el deseo y las posibilidades de un “feminismo del goce”, Luciana Peker pone ahora el foco en la reacción que esos avances han suscitado. En ‘Odiocracia. Al fondo a la derecha’ (Libros del KO, 2026), la periodista y escritora propone entender Argentina como un laboratorio del ascenso global de la extrema derecha y del auge de una ofensiva antifeminista que, como ella misma señala, “surgió a partir de nuestras victorias, no de nuestros fracasos”.
Para Peker no es casual que el gran símbolo político de Milei sea una motosierra, que interpreta como un emblema de la convergencia entre fascismo, machismo y racismo: “Un objeto con forma de pene dentado es la metáfora perfecta de una nueva extrema derecha obsesionada con desmantelar los avances de la cuarta ola feminista y erradicar las conquistas sociales”.
En esta entrevista, Peker explica por qué lo que ocurre en Argentina no es un caso aislado.
“La motosierra de Milei tiene una capacidad de destrucción inédita en democracia. Cuando parecía que los derechos eran imparables, empezaron a negociarse, discutirse y entregarse”

¿Cómo ha pasado Argentina de ser una referencia internacional en feminismo y derechos humanos a ser “el laboratorio de la extrema derecha”?
La odiocracia vino en el momento de auge del feminismo, cuando parecía que todo era imparable, innegable, innegociable, indiscutible. Ganamos muchos derechos, leyes, conciencia social y que nuestra narrativa sea muy leída y escuchada. Pero después de esas victorias vino un castigo político, personal, sexual y profesional, y todo se negoció, se dicutió y se entregó.
Argentina fue pionera con la ley de identidad de género en el 2010 y con una de las legislaciones más avanzadas sobre la interrupción voluntaria del embarazo. Impulsó un cupo laboral trans que todavía no existe en Europa, una movilización social inimaginable… Los feminismos de Argentina han inspirado movimientos en Europa y en P aís Vasco. Consignas como ‘Yo te creo, hermana’ o la propia idea de huelga feminista se vieron impulsadas por estas experiencias previas.
Milei arrasa con todo: cerró el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad, desfinanció toda la compra de anticonceptivos y medicamentos para realizar abortos, sacó todas las políticas contra la violencia de género. Está atacando todas las políticas a nivel regional y a nivel Naciones Unidas. Fue el único país que votó en contra de una resolución de la ONU para condenar la violencia contra mujeres y niñas en violencia digital.
“La motosierra de Milei tiene una capacidad de destrucción inédita en democracia. Cuando parecía que los derechos eran imparables, empezaron a negociarse, discutirse y entregarse”
Y suma y sigue. La reforma laboral que aumenta la jornada a 12 horas...
También bajaron las pensiones o jubilaciones a niveles escandalosos. Hay corrupción. Ni siquiera es que terminó de bajar la inflación. Es un país fuertemente endeudado con el Fondo Monetario Internacional, con una inflación del 230% anual.
Por supuesto, además está desfinanciando las universidades... Es una masacre al país. Acaba de derogar la ley de glaciares que protegía no solo Argentina, sino el agua de todo el planeta.

La motosierra quiere destrozarlo todo. Pero, ¿hasta qué punto pueden revertirse los derechos y avances colectivos construidos a lo largo de décadas?
Hay algo importante: en perspectiva histórica, muchas de las cosas que hemos logrado van a durar más de lo que hoy nos imaginamos. Es muy difícil pensar una época tan vertiginosa. Vivimos en un mundo bipolar, y Argentina es un país especialmente bipolar, con grandes logros y grandes declives. Hoy es un laboratorio de la extrema derecha, con un gobierno devastador.
"El feminismo busca reparación. La odiocracia reproduce la violencia sin límites. La extrema derecha ha copiado símbolos y estrategias del feminismo para vaciarlos de contenido. Esa extrema derecha no vino a romper con el sistema: hoy el statu quo es la propia derecha"
Hay logros que, si conseguimos que se vaya Milei, van a quedar. La ley va a seguir estando: no la lograron derogar y, cuando se vuelva a financiar, va a volver a estar plenamente vigente. Pero, por supuesto, es una motosierra con una capacidad de destrucción como no lo tuvo ningún otro gobierno en la era democrática.
En momentos de creciente desigualdad y precariedad, el individualismo gana terreno y el “otro” se convierte en enemigo. Culpamos a las de al lado en lugar de a los de arriba. ¿De qué manera ha calado el odio en la vida cotidiana?
En Argentina esto ya es muy visible, pero aquí también veo una deriva preocupante. Hay una derecha extrema que está cada vez más cerca de acceder al poder, y aunque existan blindajes institucionales o aut onomías como en el P aís Vasco, eso no alcanza para subestimar el riesgo. Todavía se está a tiempo de evitar un escenario más grave.
El problema no es solo electoral, el odio se expresa en el espacio público y en los medios. En Argentina ya lo vimos con ataques sistemáticos a periodistas feministas, lo que genera autocensura o silenciamiento. Hay un odio que no solo se circunscribe a quién gana las elecciones, sino que toda la sociedad, por ejemplo, se va volviendo más r acista. Incluso en el P aís Vasco escucho discursos racistas demenciales.
No hay representación de personas migrantes o racializadas en los medios, salvo en roles serviles, como si solo pudieran ser útiles para trabajar en limpieza, para cuidar o para poner una cerveza, pero no se las escucha. Encima te dicen: “Si los escucho, me molestan, si no me entienden, me molestan”. Eso es racismo cultural, y el racismo cultural es odio. Como cuando un mozo echó de un bar en Bilbao a un actor negro por ser negro pensando que era mantero. Eso es la odiocracia, que nos echemos de los lugares.

Hay una idea muy potente en el libro sobre la transformación del resentimiento en una política de humillación y castigo. ¿Por qué ese tipo de discursos conectan hoy con tantas personas?
Existe un patrón. Por ejemplo, Javier Milei fue un niño atravesado por la violencia de su padre. Ese es justamente el tipo de situación que los feminismos defienden: que ningún chico sea golpeado, expulsado o sometido al abuso. Las leyes que impulsamos y las luchas contra la violencia en la infancia apuntan a proteger. Cuando una feminista denuncia, escribe o habla, lo hace para que aquello que sufrió no vuelva a repetirse en otra persona.
En figuras como Elon Musk cuyo padre ha sido denunciado públicamente por conductas abusivas, o Donald Trump, la respuesta no es evitar que otros sufran lo mismo, sino asumir el lugar del agresor, reivindicar el poder desde la crueldad. Dicen:“yo ahora quiero ser el más malo”. Hablamos de hombres que no eran “los machos”, “los guarros del barrio”, sino todo lo contrario.
“Estamos ante un quiebre de la democracia, pero la democracia no es solo votar: también es poder protestar, expresarse y tener instituciones que funcionen”
Hay también una supuesta cofradía masculina que en realidad no funciona como red de cuidado. No protege a los más jóvenes ni sostiene vínculos entre ellos. Así como a Milei no lo protegieron sus padres, él nunca va a proteger a los varones bro. No, él los estafa, por ejemplo, con la criptomoneda $Libra y perdieron millones de dólares. Son varones que no son protectores, no tienen cofradía, no tienen códigos entre ellos mismos.
Entonces, hay una diferencia estructural entre la venganza que reproduce la violencia sin límites y la reparación feminista. A mí ese punto me parece muy importante.

Hablemos sobre el machismo entre algunos chavales.
Aquí hay un diagnóstico claro: ciertas ideas han penetrado con mucha fuerza en varones jóvenes, algo que muestran tanto las encuestas como los resultados electorales. Pero no alcanza con la indignación, hace falta entenderlo para poder intervenir. Hay una responsabilidad de los adultos, y en particular de los padres varones, que muchas veces no han ofrecido buenos modelos ni han sabido acompañar a sus hijos.
La respuesta tiene que venir desde varios frentes: fortalecer la educación, reforzar los programas comunicativos… Hay que ver qué sale bien y hay que equivocarse, es muy difícil tener recetas frente a algo tan avasallante.
Parece que ser feminista y de izquierdas no está “de moda”. ¿Son rebeldes los jovenes de derechas?
Hay un libro de Pablo Stefanoni, ‘La rebeldía de la nueva derecha’, que explica esto. Durante un tiempo, especialmente en Argentina, se interpretó el surgimiento de figuras como Milei como una especie de “rebeldía” frente a un supuesto statu quo. Con el paso del tiempo, queda más claro que esa lectura era limitada. Primero, que el statu quo es claramente la derecha, ¿no? Donald Trump o Javier Milei.
"El feminismo busca reparación. La odiocracia reproduce la violencia sin límites. La extrema derecha ha copiado símbolos y estrategias del feminismo para vaciarlos de contenido"
Tampoco parece sostenerse la idea de la “rebeldía”. No hubo una ruptura con lo que ellos llamaban la casta política; son corruptos, no les importan los demás, no tienen códigos, se pelean. Argentina funciona como un laboratorio de estas nuevas derechas, pero también muestra que no consolida ningún nivel de rebeldía.
Es curioso ver cómo, según convenga, se utiliza el comodín del feminismo para justificar discursos que intentan vincular violencia machista y migración o para justificar ataques como el de EEUU a Irán.
La extrema derecha nos ha copiado muchas estrategias, terminología, símbolos...como el pañuelo verde, al que respondieron con el pañuelo celeste, hasta el uso del lenguaje. Hablar de “salir del clóset” de la derecha, por ejemplo. Eso es muy nocivo porque vacían de contenido lo que hacemos.
Después está la instrumentalización de nuestras causas. Personas que no son capaces de hacer un minuto de silencio por una mujer, o que quieren derogar y penalizar las denuncias por violencia sexual, hablan de violencia sexual cuando la pueden instrumentalizar para quemar refugios de migrantes...Eso no tiene nada que ver con el sentido original de las luchas feministas.
El problema viene cuando se usa la etiqueta feminista para debilitar al propio feminismo como alternativa política y social frente este tecnofeudalismo.

La extrema derecha se articula en la calle mediante estos discursos y se despliega a través de las reglas de la democracia electoral, que acaba legitimando el autoritarismo. ¿Está fallando el sistema?
Para mí es muy importante entender que la democracia no se limita a lo electoral. En Argentina, por ejemplo, nadie pone en duda que fue un gobierno elegido legítimamente. Pero la democracia también implica la libertad de expresión, el derecho a la protesta social y el funcionamiento correcto de las instituciones. Por ejemplo, que la participación de tropas extranjeras debería pasar por el Congreso. Si no ocurre, hay un problema democrático.
En la región vemos además situaciones muy preocupantes. En Perú ha habido gobiernos que no fueron electos, y tras años de inestabilidad eso puede generar una inclinación social hacia opciones más autoritarias. En países como El Salvador no hay poder judicial, en Nicaragua hay un gobierno autoritario... estamos hablando de vulneraciones a la democracia con el multilateralismo. Estamos ya ante un quiebre de la democracia. No es que eso es lo que va a pasar, ya sucede. Por supuesto que puede profundizarse.
En ese contexto aparecen liderazgos muy potentes y también muy peligrosos. Incluso en las posibles sucesiones de figuras como Trump, como pueden s er Marco Rubio o J. D. Vance, no necesariamente hay alternativas más moderadas, sino que podrían representar una continuidad más dura. No está claro si estos procesos pueden revertirse o si, una vez que se rompe cierto statu quo democrático, ya no hay vuelta atrás.
Por eso creo que una parte clave del presente es cómo se reacciona frente a estas dinámicas de erosión democrática, cómo se reacciona a la odiocracia.
¿Estamos viviendo una actualización de la vieja lógica del ‘patio trasero’ de Estados Unidos, donde Cuba y Venezuela funcionan como excusa permanente para atacar, mientras la extrema derecha intenta reorganizar la hegemonía mundial?
Creo que estamos ante una geopolítica muy peligrosa. Lo que hace Donald Trump ya no es solo pensar América Latina como un ‘patio trasero’, sino como el ‘baño trasero’. Se está avanzando hacia formas de injerencia más directas y más duras.
Hay quien dice que esto siempre fue así, pero yo creo que hoy estamos ante otra cosa, ante una ruptura más explícita de las soberanías democráticas, que por cierto, también ocurre en Europa.
Ha habido injerencias en procesos electorales, como en Alemania, y vemos cómo incluso gobiernos elegidos terminan adoptando agendas muy cercanas a la extrema derecha, especialmente en temas como migración, en contextos donde además tienen muy baja legitimidad social. Eso muestra hasta qué punto estas dinámicas se expanden.
Como apuntas en el libro, “la verdadera motosierra tiene brújula y está en el bolsillo del Tío Sam”.
Por eso, entender el peso del colonialismo es clave en un momento que me parece muy preocupante, especialmente en Madrid con determinadas políticas y discursos, pero también en otros lugares, incluido el P aís Vasco, donde a veces falta una verdadera asunción de la responsabilidad histórica del colonialismo.
Esa falta de reconocimiento termina legitimando dinámicas actuales de desigualdad Norte- Sur y el autoritarismo. La llamada odiocracia es un fenómeno global que se expande como un virus.
El País Vasco tiene un rol clave, con sus antecedentes en solidaridad internacional. Hay una tradición y una responsabilidad histórica que no tiene que delegar, porque si rompe con su tradición solidaria, la odiocracia le estallará en la cara.
La extrema derecha genera lazos internacionales muy sólidos. Pero yo no creo para nada en un diagnóstico en el que la historia esté cerrada. Al contrario. Leer, escuchar y entender hoy es fundamental, porque parte de lo que nos hacen es confundirnos, marearnos y anestesiarnos.
Frente a eso, si somos capaces de generar acción y encuentro, aunque no exista una fórmula mágica, todavía podemos revertir esta situación. Si dejamos actuar a la inercia, nos va a terminar tapando. Por eso, solo una respuesta coordinada y unitaria puede contrarrestar esa internacional del odio.
