“Con el Salario Mínimo deberías poder vivir sola dignamente; lo contrario es un fracaso”
En el libro abordas los múltiples conflictos de la generación millennial. Hablas de vivienda, de precariedad laboral o de salud mental.
Tenía claro que quería hablar de la maternidad, del aborto, de la salud mental o de la vivienda, pero sin dar la chapa. Es decir, la protagonista, Carla, en ningún momento te hace una perorata sobre lo mal que está la vivienda o la sanidad, pero atraviesa toda la historia. Quería que esos temas estuvieran, pero que no fueran para aleccionar, sino que fuera algo divertido y una especie de comedia sobre la tragedia. Un poquito lo que todas vivimos en el día a día.
Crisis de la vivienda, precariedad laboral... ¿El orden de los factores altera el producto? ¿Se ha convertido la vivienda en el elemento que marca la clase a la que perteneces?
Para mí, sí. La vivienda es un problema que atraviesa a todos los demás, porque sin vivienda no hay nada. Ya no hablo de una en propiedad, que me parece una cosa muy arcaica. Yo, por ejemplo, no soy una persona que nunca haya pensado en comprarse una vivienda. El capitalismo me obliga a pensarlo porque no quiero tener miedo todos los días; miedo a que suene el teléfono y sea mi casera para decirme que el mes que viene necesita el piso o que me suba el alquiler 500 euros y no lo pueda pagar. Ese miedo te paraliza en la toma de todas tus decisiones, en las que tienen que ver con el trabajo, con la salud mental, o con formar una familia.
Se habla de vivienda pública, pero no de intervenir el mercado...
Total. Estoy muy enfadada con este tema, como casi todo el mundo, ¿no? Lo hablo mucho con mi pareja cuando vamos paseando por el barrio. Si te paras a escuchar, todo el mundo va hablando de la vivienda. Yo sería radical y diría: ‘Dos pisos por persona y al que tenga más de dos que no le salga rentable, que les salga a pagar tener pisos. Y el que tenga más de dos, lo siento mucho, que los vaya vendiendo para la gente’. Y, por supuesto, frenar la especulación de los fondos que está lastrando la compra de vivienda. Se compran muchísimas viviendas, ¿pero quién las compra? La gente que yo conozco, no. Las están comprando fondos para luego sacarles rentabilidad. Hay que ser más valiente a la hora de abordar el tema de la vivienda y no se está haciendo. Hay que limitar, ya no el precio de la vivienda, sino el metro cuadrado. Se está pidiendo un dinero por unos pisos que no lo valen. Y hasta que no se haga todo eso, pero de una manera radical, no se va a arreglar. Ya no es algo ni siquiera generacional, que evidentemente los jóvenes lo tienen mucho más difícil.
Pero también hay personas mayores con problemas de vivienda.
En Madrid casi todas las semanas hay un desahucio. Hay mucha gente mayor que tampoco puede pagar el alquiler con su pensión. ¿Con lo cual, qué hacen? Les echan. Mis padres han sido autónomos toda la vida, han dedicado todo el dinero al negocio y siempre han vivido de alquiler. Los alquileres suben, pero la pensión no sube al ritmo de los alquileres, al igual que pasa con los sueldos, por lo que se pueden ver en la calle en cualquier momento.
Luego están todas las mujeres que han trabajado en casa, sin un sueldo, y ahora no tienen una pensión propia.
Claro, muchísimas mujeres que han denunciado y les han dicho que sí que merecen esa pensión por las labores del hogar que no han estado remuneradas. Pero con la economía sumergida que se ha movido, ahora nos encontramos con un problema tremendo: gente que tiene unas pensiones ínfimas que no dan ni para pagar una habitación. El otro día, un chico que me trajo en coche de la tele me dijo que cobraba 1.300 euros de conductor, como autónomo. Compartía piso en Madrid, super lejos del centro evidentemente, y pagaba por la habitación 600 euros; es decir, casi todo el sueldo se le iba en una habitación. ¿En cuanto suban los alquileres y esa persona se quede con una pensión de 800, 900 ó 1.100 euros, qué va a hacer? Lo estás condenando al desahucio o a vivir en pisos que no tienen las condiciones más básicas.
¿Para convivir, pero también para compartimentar? Hay videos de inmobiliarias que anuncian pisos que ni siquiera tienen un salón.
Claro, porque el salón lo han dividido y han sacado tres habitaciones para obtener más beneficio. En otros países eso está prohibido. Un compañero que vivió en Irlanda me comentaba que allí es ilegal dividir el living room (sala de estar) para sacar otra habitación. Llevo desde los 18 años en Madrid y he visto pisos que serían para llevar a los dueños directamente a la cárcel.
¿Un escape room más que una casa?
Totalmente. Hoy en el programa Mañaneros estaban contando que se alquilaba una habitación en Madrid por 200 euros. Llamaron y resulta que era una especie de almacén de dos metros cuadrados. No entiendo por qué no están en la cárcel. Yo he visto pisos con baño compartido fuera del piso, a compartir con todas las personas de la planta. He ido a ver una habitación donde la ventana daba a la cocina porque habían dividido la cocina. Habitaciones sin ventana, muchísimas. He vivido en un piso en el que estabas sentado en el baño y la ducha era el suelo. Cada vez que te duchabas tenías que fregar todo el baño. Ni siquiera lo esconden, sólo hace falta abrir Idealista para verlo. Y eso es legal, el problema es que nadie multa a esa gente. El otro día en Open Play vimos que alquilaban un piso de 700 euros al mes. Piso en teoría para ti sola. Claro, eran 20 metros cuadrados.

La televisión aborda el tema de la ocupación, pero no tanto el problema de la vivienda.
Los medios están todo el rato asustando a señoras y diciéndoles que van a bajar a comprar el pan y les van a ocupar la casa. Evidentemente, han visto un filón, los sucesos siempre interesan y han dicho: ‘Vamos a explotar esto al máximo’.
Pues no resulta tan fácil encontrar una panadería debajo de tu casa.
Es todo consecuencia de la gentrificación. Aquí ya cuesta encontrar un bar de barrio o un comercio más local. El centro de Madrid es inhabitable para una persona que quiera vivir su día a día y hacer la compra allí. Es más para el turista o para gente que tiene mucha pasta, personas que teletrabajan y comen siempre fuera. Si vives donde estamos, en Plaza España, en Sol… no tienes un supermercado al lado. Tienes un Carrefour 24 horas, alguna tienda de alimentación carísima y que tiene cuatro cosas. Pero esto se va extendiendo incluso a la periferia. En mi barrio, el bar al que íbamos a desayunar cerró el año pasado. Ahora ha abierto un restaurante de una cadena, El año anterior cerró la frutería, ahora ha abierto también otra cadena... Esto se va extendiendo. De hecho, en el libro hay un momento en el que comento que ya no sé hasta qué punto tiene gracia ir a visitar otros países porque los centros de las ciudades son exactamente iguales e intercambiables, te encuentras lo mismo todo el rato.
El barrio no es sólo un espacio arquitectónico, sino un espacio común donde puedes generar vínculos y arraigo. ¿Qué pasa cuando te ves en la obligación de cambiar de piso y de barrio cada poco tiempo?
La gente joven no hemos conocido la comunidad, por lo menos los que nos hemos ido a vivir a ciudades un poco más grandes. Yo, hasta aquí he estado en este piso, donde llevo cinco años, no conocía a ningún vecino. Todo va tan rápido y nos cambiamos de piso cada tan poco tiempo que ya ni siquiera te esfuerzas por hacer eso, porque sabes qué vecino tienes hoy, pero no a quién vas a tener dentro de dos meses. Y ya con los Airbnb (pisos turísticos), imagínate. Todo está hecho para que cada vez seamos más individualistas y para que tengamos menos lazos entre nosotros, porque así somos más vulnerables y es más fácil, por ejemplo, que te echen de un piso.
Cuando entrevistamos a la psiquiatra Marta Carmona sobre el libro `Malestamos´, nos habló de la arquitectura como medida de prevención de la salud mental.
Claro. Eres mucho más vulnerable cuando no conoces a tus vecinos, cuando si te echan tus vecinos no van a hacer presión porque no te conocen, no saben quién eres. Así es mucho más fácil que te echen. Paseando por Madrid habréis visto que hay aceras completamente ocupadas por terrazas, aceras en las que no se puede pasear, terrazas metidas en la carretera entre coches, es completamente absurdo. Ahora estamos en Plaza España, éste antes solía ser un espacio público y ahora todos los fines de semana el alcalde de Madrid, Almeida, lo alquila para actos. Entonces, de repente te monta un mercadillo allí, un encuentro de la sociedad peruana con ochenta mercadillos, conciertos, etcétera. Y es muy divertido porque claro, la gente pudiente de los edificios de aquí se ha quejado. Aún así, lo sigue alquilando, le está sacando una rentabilidad… Además, Plaza España es de los pocos espacios que hay en el centro en el que puedes caminar y en el que te puedes sentar. Pues este señor le está sacando rentabilidad también. En la estación de Goya hay una publicidad de Uber Eats. Ahora han cambiado el nombre de la estación y es la estación Gyōza (Gyōza es una empanadilla). Y entonces, tú sales y de repente puedes pedir casi todo. No puedes pedir un Goya, pero sí una Gyōza. Todo está empapelado de esa publicidad y la estación le han cambiado el nombre a Gyōza. Imaginaos hasta qué punto se puede vender una ciudad. Como en su momento hizo el PP con la estación de metro de Sol que pasó a llamarse Vodafone Sol.
El ex alcalde de Donostia, Eneko Goia, dijo que “Querer envejecer en tu propio barrio es un poco exquisito”
Es alucinante. Aquí también ha habido algún iluminado o iluminada que ha soltado frases como ‘Vete más lejos’. Hay gente que está conduciendo o cogiendo transporte público durante una hora y media para ir a su puesto de trabajo cuando debería poder permitirse vivir más cerca del trabajo, si es lo que quiere. Esto está saturando mucho más la ciudad y el transporte público. El tráfico ya es imposible. Es decir, por mucho dinero que tengas, o te mueves en helicóptero o vas a estar jodido igual. Las consecuencias las estamos viendo clarísimamente. He visto a muchas parejas con niños que han tenido que irse del barrio porque no se podían permitir quedarse. ¿A qué nivel afecta eso a esos niños que a los siete u ocho años los cambias de colegio y de barrio para cuatro o cinco años hasta que les expulsen del siguiente barrio y entonces se vayan al siguiente? Eso crea unas secuelas que están por ver todavía.

El libro tiene algo de autobiográfico. Por ejemplo, al igual que la protagonista, trabajaste en una tienda de ropa. Sabes de primera mano lo difícil que es organizarse cuando hay tanta rotación en los puestos de trabajo.
Eso tiene mucho que ver también con el no crear lazos. Cuando tienes una rotación tan alta en trabajos tan precarios, lo que evitas es que las trabajadoras se unan y puedan luchar por sus derechos laborales, porque la gente piensa: ‘Bueno, voy a estar aquí unos meses y en cuanto encuentre algo mejor, me voy’. A veces te tiras años, pero a veces hay una persona que dura tres meses y se marcha a otro lado porque le pagan más. Es decir, no hay un sentido de comunidad ni de pertenencia en la mayoría de las tiendas, porque además, ya casi todas son grandes cadenas, con lo cual no tienes ninguna relación, ya no con el jefe ni con el sub-sub-sub-jefe, sino con tus propias compañeras. Quería hablar de ese mundo precario en el que trabajé mientras estudiaba periodismo, un mundo también precario y clasista.
Hablando de periodismo, ¿hay una especie de superioridad moral que hace incompatible ir a una manifestación contra el genocidio de Palestina y al mismo tiempo estar enganchada a Sálvame?
Total, y me parece mal. De hecho, cuando estudié periodismo, en la asignatura de ética periodística nos ponían vídeos de Sálvame para ejemplificar lo que no es ética periodística. Yo defendía Sálvame y el profesor se enfadaba muchísimo conmigo.
¿La política también se juega en Sálvame?
Hombre, tanto como en el Parlamento Europeo. Eso lo entendió muy bien Pedro Sánchez cuando llamó a Jorge Javier Vázquez en Sálvame. ¡Claro que ahí se juega la política! Hay muchas cosas que hasta que no son parte del mundo del corazón no están extendidas, al menos no al nivel de ser tendencia. Lo vimos también con el documental de Rocío Carrasco, la hija de Rocío Jurado.
Los datos oficiales arrojaron que hubo más llamadas al 016 con su documental que con cualquier campaña institucional.
Que evidentemente se hacen cosas mal, claro, que la televisión es un nido de víboras, también. Eso lo tenemos clarísimo y sabemos que los programas de entretenimiento quieren vender. Pero también es verdad que cuando hay ciertos temas que se ponen en ciertos programas, llegas a un público al que no llegarías con otros formatos.
Como cuando Jorge Javier hablaba de maricones en un programa de máxima audiencia en directo.
Claro. ¿A cuántos chavales les ha abierto la puerta Jorge Javier a poder salir del armario con su abuela? A muchísimos.

Hablando de esta superioridad moral, ¿estamos sabiendo conectar con la juventud? ¿Les contamos las cosas en su lenguaje o nos empeñamos en imponer nuestros códigos?
Hay un poco de todo, depende de la cadena que veas. Es verdad que ahora los chavales se informan muchísimo más por TikTok. Ya no hablo de mí, hablo de gente mucho más joven que yo. Hay que estar en las redes. Vivimos en un mundo mucho más rápido. Ahora mismo es la esclavitud de la esclavitud de esta profesión, pero es así porque si no estás, no te enteras de nada.
El algoritmo nos cancela la posibilidad de ver un pezón, pero nos permite ver todo de mensajes de violencia.
O el asesinato de Charlie Kirk en directo (el influencer de extrema derecha asesinado cuando daba un discurso). Cuando me metí en Twitter y de repente vi la imagen, dije: ‘¿Qué es esto?’ Ver esto sin desenfocar, sin una advertencia, es increíble, al final normalizas la violencia. A través de memes, a través de vídeos de este tipo, normalizas ver a una persona muriéndose en medio de un escenario. Me parece desolador. Y luego, desde que llegó Musk, los tuits tienen mucho menos alcance a no ser que sea algo muy polémico. Cuando tienes interacción es sólo de gente que viene a insultarte y a amenazarte de muerte.
¿El algoritmo marca la agenda?
El algoritmo y Elon Musk. Da la sensación de que efectivamente el algoritmo está premiando a la ideología extrema derecha, que casualmente es la que tiene su dueño.

Quería preguntarte sobre aquel famoso mantra de `Vivirás mejor que tus padres´, que ya parece un mandamiento de Moisés más que una realidad, ¿no?
Es un mantra que no sólo no se ha cumplido, sino que genera tristeza entre los padres y las madres. En cierta manera, esta esperanza que nos han inculcado –porque a ellos se lo prometieron también, no porque ellos quisieran hacernos daño– ha roto un poco muchas conversaciones. Muchas veces, cuando te llaman tus padres te sientes obligada a decirles que todo está bien, aunque no lo esté, porque pensaron que tú, al haber estudiado, ibas a tener una vida increíble, mucho mejor que la suya. Ellos se dan cuenta, no son tontos. Y tú intentas minimizar esa frustración o esa tristeza que pueden sentir.

Hubo una época en la que tener un empleo y ser pobre no cabía en la misma ecuación. Hoy en día es posible trabajar a jornada completa y ser pobre.
Totalmente. La vivienda tiene mucho que ver ahí. Aparte de topar los precios, con un salario mínimo deberías poder permitirte vivir tú sola dignamente, con el sueldo mínimo y la ayuda mínima vital. Todo lo que esté por debajo de eso me parece un fracaso. Y si eso no está ocurriendo, eso es a lo que hay que ir. Me parece el principal problema porque mucha gente trabaja y ya no es que se pueda permitir vivir sola, es que está viviendo en un piso con seis personas y es lo máximo que se puede permitir. Y, además, se le va la mitad del sueldo en ello. Hay una parte positiva en ese sentido: que las generaciones que han venido detrás están explotando más. No hacen horas de más para ver si esto se arregla, sino que dicen: “no, esta es mi hora. Tú me has prometido este dinero. Si no cumples, me voy a otro lado o al paro, porque sinceramente no me va a cambiar la vida que me pagues 200 euros más”.
A nuestra generación nos han inculcado la cultura del esfuerzo, trabajar más horas para tener un sueldo digno. Eso ha cambiado. Hoy, mucha gente prioriza tener tiempo.
Yo también he sido víctima de esa cultura del esfuerzo. Mis padres siempre me repetían: ‘Tú sigue currando, que ya verás que al final todo irá bien’. La vivienda también tiene que ver en esto porque en el momento en el que hacer más horas no supone un cambio sustancial en tu vida, cambias tu perspectiva. En cuanto a la estabilidad, dices: ‘¿Para qué voy a pringar un fin de semana haciendo un extra? ¿Me va a dar tranquilidad a la hora de afrontar un alquiler? ¿Qué me van a dar a mí 100, 200 o 300 euros más?’ No te va a cambiar sustancialmente la vida. Entonces, hay muchas generaciones jóvenes que han visto eso y han dicho: “Lo siento mucho. No voy a hacer horas de más, voy a pasar tiempo haciendo lo que me dé la gana con mis amigas, con mi familia o yendo más al gimnasio. No me vais a engañar más con esta movida”. Y a mí me hacen mucha gracia todos esos jefes que están enfadados con esto. Mi hermano pequeño empezó a currar en el montaje y desmontaje de orquestas. Al de un mes vio que las condiciones que le había prometido no se cumplían. No acababa de firmar el contrato, le prometieron unas condiciones y luego se las negaron. Les denunció. Eso para mi generación hubiera sido impensable. Hubiéramos tragado, hubiéramos seguido hasta que nos hubieran explotado, hasta que nos hubieran echado.
Para muchas generaciones el empleo remunerado ha sido casi una identidad. Hoy, para mucha gente el objetivo vital es tener tiempo libre.
Si el trabajo no va a solucionar su vida, ¿para qué voy a estar haciendo horas ahí como una tonta? No tiene ningún sentido. Si paso doce horas al día trabajando y siendo una asistenta y paso ocho horas durmiendo, ¿quién soy en verdad? Porque pasas más tiempo siendo trabajador que siendo tú.

Y todo esto también puede llevar a terapia. El Estado español es el país europeo que más ansiolíticos receta. Ya no es un problema individual.
Es colectivo. Hay varias vertientes. Tenemos una sanidad pública que tiene la salud mental completamente abandonada. ¿Qué hay que hacer para que le den una atención adecuada a una persona que está en crisis a punto de tirarse por una ventana? Tengo amigas que han ido con unas crisis tremendas y les han dado una sesión al mes, cinco en total. Eso no es sostenible. Así que claro, hay mucha gente pagándose la terapia con muchos problemas derivados también de este trabajo tan precario en el que estamos. La estabilidad también ayuda a reducir eso. No lo es todo, pero sí que ayuda muchísimo. Aún así, creo que es muy positivo también que vayamos a terapia.
Haciendo un poco de autocrítica, en el mundo sindical hay un mantra que se escucha mucho: `Menos terapia, más sindicato´, como si fueran incompatibles.
Son cosas complementarias. Parece que seguimos teniendo que ser trabajadores y trabajadoras superhéroes, que no podemos ser frágiles en ningún momento. La salud mental va por un lado y la lucha o como lo queramos llamar, va por otro. Evidentemente, si tú no tienes esa ideología de izquierdas, de colectivizar lo que te está pasando, no vas a hacer nada, pero sin ir a terapia tampoco lo ibas a hacer. Tu psicóloga te va a dar herramientas para sobrellevar esa precariedad de la que quieres salir.
En la otra cara de la moneda, la psiquiatra Marta Carmona alertaba de que la terapia se convierta una salida mercantil del malestar psíquico. Que las mutuas, por ejemplo, te manden a terapia para que vuelvas a ser productivo cuanto antes.
Sí, eso me parece un temazo. Confío en que los gobiernos hagan políticas para que no llegues a ese extremo, para aspirar a que vivir mejor y no peor. La reducción de jornada, por ejemplo, o las subidas del salario mínimo. ¿Qué se va a intentar utilizar? Por supuesto, siempre se ha intentado utilizar todo para que tú cuanto antes seas la más productiva del planeta y estés todo el rato produciendo. Por ejemplo, cuando hablábamos para redes sociales y todo el rato que no te dé tiempo a pensar en otra cosa. Al final tenemos que confiar en las políticas de empleo que se pueden hacer y empujar efectivamente a través de las calles y a través de las manifestaciones y de los sindicatos. Pero todo se va a querer mercantilizar, siempre. El feminismo también se ha mercantilizado muchísimo, el colectivo LGTBI. . . Pero de lo que se trata es de que lo identifiquemos y creo que seríamos capaces de hacerlo.
Luego está en la mal llamada generación de cristal...
Bueno, eso me parece increíble. ¡Es una generación que ha vivido siempre en crisis! En todo caso de cristal serían la generaciones anteriores que no sabían cómo abordar sus emociones y no sabían cómo comunicarse; no una generación que ha vivido en continua crisis y que eso la ha obligado revisarse, a romper con todo lo que conocía y con todo lo que le habían contado sus padres; que ha tenido que buscar una salida, conocer la salud mental, abrazar los derechos de las mujeres, del colectivo LGTB... Creo que poca gente habla ya de la generación de cristal, estamos demostrando que de generación de cristal nada. Igual que los que decían: ‘No, los chavales no se mueven del sofá’. Bueno, pues ya estás viendo las manifestaciones de vivienda o las manifestaciones por Palestina, que están llenas de gente joven que tiene muchas ganas de que arda todo.
¿Seguimos intentando marcar agenda sin respetar que la gente joven tiene la suya propia?
La pandemia desmovilizó mucho. Recordemos cómo era antes de la pandemia, por ejemplo, lo de los viernes por el cambio climático. Era masivo y era gente muy joven. Evidentemente, la pandemia desmovilizó uno, dos, y hasta tres años. Y creo que ahora estamos volviendo a recuperar lo que teníamos antes de la crisis sanitaria. A la gente joven la pandemia le rompe su proceso de formación, de construcción política, de conocerse, de desarrollarse en otro entorno que no era el familiar. Hemos sido un poco impacientes.

Dice la psicología que la tristeza es un sentimiento natural, pero que para irse de un sitio hay que activar la rabia. ¿Cómo pasamos de la tristeza a la rabia en una sociedad desesperanzada?
Está pasando. Con Palestina ha pasado y con la vivienda también. Pero fíjate que en el libro justo eso es lo que ocurre. En el libro es la rabia y la venganza lo que al final hace que Carla se organice con sus compañeras y reviente todo el sistema. Por supuesto, la rabia me parece el mayor motor, sin rabia no se cambian las cosas. Y creo que se pasa de la tristeza a la rabia cuando no se puede más. Siempre tiene que haber un detonante, una frase, un político que salga a decir algo especialmente doloroso. A pesar de que vivas en la tristeza, la rabia siempre está ahí y solo hace falta una mecha para encenderla.
Otro melón que abres en el libro es el de la maternidad.
Es uno de mis temas favoritos porque nunca he sentido que quería ser madre y esto me ha generado situaciones muy complejas. Es una cosa muy dolorosa porque te están juzgando todo el tiempo. Todo el rato te dicen: ‘Ya cambiarás de opinión’. ¿Tú te imaginas que yo le dijera a una mujer que está embarazada que ya cambiará de opinión? Sería inconcebible, pero al contrario ocurre todo el rato y no solo con gente de tu ámbito familiar, también con personas que no te conocen. Parece que hasta en la cola del supermercado hay una señora diciéndote: ‘Oye, y tú para cuándo?’ Se generan situaciones muy dolorosas y también mucho miedo a hablar de la maternidad.
En el Madrid de la libertad que promete Ayuso, habla de objetores del aborto.
Al mismo tiempo, hace muy poco que estamos teniendo testimonios reales de lo que supone la maternidad para tantas mujeres. De unos años para acá, algunas voces han empezado a hablar de cómo cambia la concepción de la mujer cuando se es madre para con su entorno, qué es ser mala madre, qué es ser buena madre, cómo cambia tu cuerpo, cómo cambia tu energía, a qué cosas renuncias, cómo es el parto... Ha habido un desconocimiento muy grande hasta este momento. Y de ese desconocimiento creo que viene también el auge de este movimiento derechista antiabortista que creíamos que estaba ya superado. Al final, el aborto y todo lo que lo rodea siempre ha sido culpa, dolor, tabú, algo de lo que no estar orgullosa. Y eso genera que siempre sea algo problemático, algo silencioso y algo escondido. Y en ese algo escondido es cuando pueden volver a triunfar discursos como el de Isabel Díaz Ayuso. Frente a eso hago mucha comedia sobre el aborto porque es un tema que sigue incomodando mucho y es muy divertido. Hace unos años, salió una noticia en contra del aborto y yo pensé: Joder, con lo doloroso que es para una mujer tomar esa decisión y que encima esté este señor diciendo esto. Y me escribieron varias chicas para decirme: "Oye, Marina, muy guay lo del aborto, pero no vuelvas a decir que es algo doloroso porque para mí no lo fue". Sin embargo, te hacen sentir un poco mal porque no estés traumada, por hablarlo con cierta libertad. La gente de repente te mira con cara de “Oh dios mío, eres una psicópata”. Eso me hizo reflexionar muchísimo. También tengo muchas amigas ahora -y me parece la peor situación- que quieren ser madres, pero no pueden por la situación económica o laboral. Es verdad que los datos dicen que la mayoría de mujeres que no son madres a la edad en la que se supone que deberían serlo no lo son por motivos económicos. Pero luego hay un gran porcentaje de mujeres que simplemente no quieren. Creo que son mujeres que también han visto a sus madres y han visto quién carga con el curro en casa, la maternidad, la carga mental y con absolutamente todo. Y han dicho: "sí, hombre, yo por ahí no paso". Pero, está bien que por lo menos se hable.

¿El humor tiene límites?
Es mucho más simple de lo que la gente quiere elevar. Los límites te los pones tú con lo que quieres hacer. Yo siempre hago el humor desde donde me siento cómoda. Evidentemente, al humor tú le pones un filtro que te aplicas también en tu vida. Cuando hacemos las reuniones de Hora Veintipico y chisteamos noticias, hacemos un brainstorming, que es básicamente soltar lo primero que se te viene a la cabeza. Evidentemente ha habido algún chiste machista, pero en tu mano está decir: ‘No quiero que entre esto, lo he dicho sin pensar porque al final mi cabeza se ha movido en esos parámetros toda la vida y al final has tenido muchísimos inputs de ese estilo, pero no quiero hacerlo’.
La clave está en a quién quieres tirarle el chiste. Tú puedes hacer un chiste sobre lo que está ocurriendo en Palestina, pero lo suyo es que la hostia se la pegues a Netanyahu, no a los palestinos que están muriendo. Ahí podría ser por lo menos mi límite, que luego cada uno se lo pone donde quiere. Algunos no se lo ponen y a mí lo que más me molesta es que dicen: “No, es que ahora el humor. . . “.
Es que no se puede decir nada.
No es que no se pueda decir nada, es que ya no te ríen las gracias. No es que no lo puedas decir, lo puedes decir, claro, pero no vas a vender entradas. Si quieres seguir haciendo chistes rancios de los que se hacían de ‘Ay, mi suegra’, ‘Ay, mi mujer’, hazlo, lo que pasa es que cada vez vas a tener menos público. Es tan simple como eso.
La rapera Sara Socas nos contaba que en las peleas de gallos se habla de una forma un tanto vulgar, con tacos... pero que cuando una mujer lo hace la gente se sorprende.
Las mujeres, y sobre todo las cómicas, las artistas, etcétera, hemos ocupado hasta hace no tanto un lugar muy concreto. En la comedia, hasta hace no tanto, éramos el motivo del chiste, no la que contaba el chiste. Además, los señores que subían al escenario hacían chistes sobre nosotras. Las mujeres éramos de lo que había que reírse, no con lo que había que reírse. Cambiar estos parámetros ha sido muy difícil, aún lo es. Todavía hay muchos hombres que dicen: ‘A mí las mujeres no me hacen gracia porque habláis de vuestras cosas’. Como si sus chistes fueran universales.
Muchas mujeres cómicas se quejan de que parece que la regla no es universal, pero hablar del pene sí que lo es.
Esther Jimeno tiene un chiste que me gusta muchísimo. Un cómico le había dicho: ‘¿Qué vas a hacer, chistes de la regla, no?’ Y ella le dijo: ‘Mira, yo por lo menos hago chistes de algo que conozco. Tu llevas meses haciendo chistes de follar’. Es verdad que muchos hombres siguen diciendo lo mismo. ‘Ah, las mujeres no hacen gracia’. ¿Cómo te atreves a decir que algo no tiene gracia? Primero, pregúntate por qué alguien no te hace gracia y casualmente siempre sean mujeres y nunca hombres. Y segundo, será que no te hace gracia a ti. Pero evidentemente hay gente a la que sí, porque las cómicas están llenando los teatros. Vendemos entradas, nos llaman de medios de comunicación y cada vez hay más mujeres en formatos femeninos.
Cada vez hay más mujeres cómicas en televisión, pero Henar Álvarez denunció que al principio se les daba un trozo muy pequeño del pastel, sólo los pódcast.
Ah, sí, la televisión ya... Y luego las mujeres siempre hemos aspirado a ser colaboradoras, pero nunca la presentadora de comedia, un Andreu Buenafuente, un Broncano... Esto sí que está cambiando, pero fíjate, ¿hasta dónde ha tenido que llegar Henar para que le den un programa? ¿Y a dónde ha tenido que llegar otra persona, hombre, para que le den uno? Las cifras hablan por sí mismas.
Henar Álvarez empezó en Rtve Play. No estaba ni siquiera en la tele-tele, sino que estaba en digital. Igual tenía ya un millón de seguidores. ¿Quién coño tiene un millón de seguidores? Un señor con un millón de seguidores ya te digo yo que estaría en Antena 3, en Tele 5, en La 1. Sin embargo, parece que las mujeres primero tienen que triunfar y luego ya cuando les sale muy rentable, dicen: “Vamos a darle una oportunidad, y si le va bien en el digital, venga, pues igual le damos un programa, pero bueno, en La 2...
¿En la hora de la siesta?
Esto pasa mucho. Y pasa mucho también que cuando le dan una oportunidad a una mujer que tiene una exposición muy grande siempre lo ponen a un hombre muy inferior en materia de alcance al lado. Esto ocurre porque los directivos siguen siendo casi todos hombres.
¿Porque el papa elige a los obispos y los obispos eligen al papa?
Efectivamente. Afortunadamente vamos cambiando cosas, pero siempre con la sensación de que hay que demostrar muchísimo. A mí me llamó mucho la atención lo que ocurrió con el podcast `Estirando el chicle´. Primero, Vicky y Carolina hicieron la serie `Válidas´, y una vez visto el éxito que tuvo, empezaron con el pódcast `Estirando el chicle´. Empiezan con el podcast, que es lo más escuchado, y nadie las llama para ofrecerles un programa. Y como mucho les ofrecen una sección en un programa cuando ya llevan dos años reventándolo. Ni siquiera después de petarlo con el podcast, o de llenar el Wizink Center, les patrocinaban, no encontraron a nadie que les comprara la segunda parte de la serie. Mientras tanto, compran series y formatos a los de siempre todo el rato, que además fracasan y los vuelven a comprar otros. Sin embargo, parece que para que a unas mujeres les compren un formato -que además ya ha sido un éxito- tienen que remar lo más grande.
