Cristina Fallarás: “Todo está construido para no creer a las mujeres”

Elkarrizketa Texto y fotos: Gorka Quevedo - Nagore Uriarte
Cristina Fallarás: “Todo está construido para no creer a las mujeres”

Hemos quedado una fría mañana de enero con la periodista, escritora y, sobre todo, activista feminista Cristina Fallarás en su domicilio. Es su tercera residencia en estos últimos años. Ha tenido que cambiar tres veces de domicilio, e incluso de ciudad, como consecuencia de las amenazas que sufre por parte de personas y colectivos de ultraderecha. “La propia policía ha llegado a filtrar mi domicilio”, denuncia.

Fallarás es una de esas mujeres que siempre está en primera línea de guerra, de las que pone el cuerpo. Y no lo decimos de forma metafórica. Ha sufrido palizas, golpes, insultos y amenazas; le han hecho pintadas en la puerta de su casa estando su hijo e hija presente; han utilizado su imagen en carteles y campañas en redes sociales para amenazarla... Sin embargo, pese a todo y pese a todos, Fallarás sigue al pie del cañón, “porque cuando una ve que puede hacer algo no puede dejar de hacerlo”.

Naciste en Zaragoza en 1968. Estudiaste periodismo en Barcelona, donde comenzaste tu carrera como periodista. ¿Cómo recuerdas aquellos años? ¿Se hablaba de feminismo en los medios de comunicación?

No se hablaba de feminismo, en absoluto. Empecé en el movimiento libertario de Barcelona. Venía del Sagrado Corazón de Zaragoza, con todo lo que significa eso: mujer blanca, de una determinada clase, del Sagrado Corazón... Hice una inmersión bestial en los barrios de Barcelona. De hecho, empecé montando un periódico gratuito, obrero, en Barcelona, en Nou Barris, que era, digamos, un barrio proletario.

En aquel momento se estaba construyendo la posibilidad de que el movimiento libertario mirara la desobediencia desde otro lugar. Había un movimiento feminista asociado, pero no se llamaba exactamente feminista. Ten en cuenta que estoy en los años ochenta, cuando se estaba llevando a cabo todo el desmantelamiento del movimiento social, del movimiento asociativo. Ahí estaba el PSOE de Felipe González.

Acabábamos de salir de la transición, que fue un proceso diabólico, de impunidad del crimen franquista. Estábamos en la construcción de una sociedad basada en, como dijo Tierno Galván: “¡Qué divertido es todo!”. Vamos, lo de “el que no esté colocado, que se coloque”. Estábamos preparándonos para enfrentar lo que luego fueron los noventa, que fue una época apestosa, vergonzosa. Estábamos dejando de lado a toda la gente de la memoria, a toda la gente que había luchado en el franquismo. Había una urgencia de redefinir eso, y la izquierda no nos estaba ayudando. Entonces, el feminismo era algo que estaba muy relegado a unos sectores muy concretos. En Barcelona había un movimiento feminista que se llamaba, si no recuerdo mal, las Jornadas de la Dona. Era un movimiento fuerte, pero nos llamaba más la atención todo el movimiento queer y LGTBI.

Te quiero preguntar sobre los medios de comunicación y los relatos de violencias sexuales y machistas. Como ejemplo, el caso de Rocío Carrasco. ¿Se puede hacer pedagogía feminista en un plató de Telecinco? ¿Donde comienza el peligro de convertirlo en un espectáculo, de banalizarlo, de vaciarlo de contenido político?

Creo que el documental de Rocío Carrasco fue un producto bien hecho, y eso era fundamental. Fue un producto que se popularizó, hasta el punto de multiplicar las llamadas al 016 (el servicio de atención de violencia contra las mujeres). Es decir, llegó a un tipo de mujeres que no llegábamos desde otro lado. A mí, el movimiento feminista, en su vertiente culta, intelectual, de análisis y de discusión elevada, por así decirlo, me parece muy interesante, pero si no cala sirve de poco. Podemos reflexionar mucho sobre el caso Alcásser (secuestro, violación, tortura y asesinato de tres adolescentes de 14 y 15 años en el municipio de Alcásser) o sobre el caso de Ana Orantes (asesinada por su marido en 1997 después de que relatara en televisión los abusos sufridos), pero si lo hacemos solo en entornos teóricos, no empapa. En ese sentido, me parece que cualquier lugar es bueno para esto que hablamos.

Dicho esto, en su momento me fui de Telecinco para no participar en ciertos procesos de blanqueamiento de la extrema derecha. Cuando Telecinco empezó a incluir a la extrema derecha como opinión válida en los debates, entendí que no iba a participar en eso. En ese sentido, podemos revisar cuál fue el papel del documental o de la entrevista larga sobre Rocío en Telecinco. No soy purista, en absoluto. De hecho, no me parece peor Telecinco que el grupo Prisa.

En 2024 entrevistamos en ALDA a Nerea Barjola, autora del libro ‘Microfísica sexista del poder. El caso Alcásser y la construcción del terror sexual’. Comentaba que cada generación de mujeres tenía un hombre del saco, un relato aleccionador. En su caso, fue Alcásser. Puede ser que para otras generaciones haya sido La Manada. ¿Crees que las mujeres estáis a punto de recibir también un gran castigo aleccionador?

Estamos a punto de recibir el gran castigo. El caso Alcásser, el de La Manada, el de El Chicle –José Enrique Abuin, asesino y violador de Diana Quer–, el de Nevenka... Son casos sobre los que construir un relato. Ahora hemos hecho algo que no se había hecho antes, que no es visibilizar un caso, sino hablar todas a la vez. Al hablar todas a la vez, generamos una memoria colectiva de la violencia macho que rompe el relato existente. Por primera vez en la historia de la humanidad, y esto nos lo tenemos que tatuar, las mujeres cambiamos el relato sobre nosotras mismas desde nuestras propias voces. No una, no dos, no un libro, todas, una a una, la pollera de abajo y la empresaria millonaria. Millones de mujeres creamos un relato.

Cuando millones de mujeres nos lanzamos a hablar sobre la violencia y tenemos la posibilidad de hablar todas a la vez, una a una, da la casualidad de que no hablamos de moda, de estética o de maternidades, que era donde nos habían relegado, sino que hablamos de la violencia sexual.

Es brutal entender cómo todas a una, sin acordarlo entre nosotras, porque esto va de Japón a Canadá, hablamos de violencia sexual. Esto quiere decir dos cosas: Una, que nosotras sabemos que la violencia sexual está en el centro de todas las violencias que recibimos. Y dos, que nos han prohibido hablar sobre la violencia sexual. El castigo que vendrá es a esto que estoy hablando. Lo otro –contar esos casos de forma esporádica– no era revolucionario, ésto
–millones de mujeres contando sus casos– es revolucionario.

Cualquier cambio en la generación de un relato colectivo genera una revolución. Igual que ahora las dictaduras o los golpes de Estado son distintos a como se hacían tradicionalmente, esta revolución es distinta a como se hacía tradicionalmente. No se ha usado las armas, no se ha usado la muerte, no se han usado los métodos masculinos, pero recibirá un castigo contrarrevolucionario que no nos lo imaginamos. Es que no nos lo imaginamos.

Vuelvo a estar leyendo sobre la caza de brujas porque estoy pensando en muerte. De repente, me he vuelto a coger Calibán y la bruja, de Silvia Federici. Me lo leí para refutar al marxismo desde el feminismo. Ahora me lo estoy volviendo a leer desde ese otro punto de vista, y tiene otra lectura completamente distinta, como es matar a las mujeres como medida aleccionadora para volver a callarlas. Creo que no nos estamos dando cuenta de que el castigo va a estar en ese orden.

En abril de 2018, el mismo día que salió la primera sentencia del caso de La Manada, lanzaste el hashtag #Cuéntalo, invitando a las mujeres a relatar las agresiones sufridas. Aquello fue un documento histórico que compone una nueva memoria colectiva de la violencia machista, narrada en palabras de las propias mujeres. ¿Cómo recuerdas aquella iniciativa?

La lancé en una tertulia de la tarde. Mientras el resto discutía, yo pensé: “Hay que hacer esto, hay que hacer esto”. Fue un impulso intuitivo. Una acumula y acumula el conocimiento colectivo, la genealogía. Acumulas y acumulas hasta que llega un momento en que ves que puedes hacer algo. Y cuando una ve que puede hacer algo, no puede dejar de hacerlo. Para mí, esta es la base. Cuando me dicen: “¿Por qué cuelgas todo el rato testimonios?”. Porque cuando se me ocurrió que se podía hacer, tengo que hacerlo.

Cuando salió la primera sentencia de La Manada, que en aquella violación extrema se dijo que no había violencia ni intimidación, es decir, que solo era un abuso, me pregunté: ¿Por qué tres jueces, dos jueces y una jueza, dicen que una violación no es violencia? Porque pueden. ¿Por qué pueden? Porque no tenemos un relato colectivo sobre qué es violencia. Es decir, hasta ese momento, ¿qué era violencia sexual? Lo que decían cuatro hombres blancos, ricos y heterosexuales de puerta para afuera. Hombres, no mujeres; blancos, no de otro color; ricos, por supuesto, y heterosexuales de puertas para afuera.

Ellos decidían qué era violencia sexual y pensé: “No, no, no, el relato de lo que es violencia sexual tenemos que decirlo nosotras”. Y eso lo colgué en Twitter y dije: “Compañeras, cuéntalo”. Y yo conté varias violaciones que había sufrido. Y además, corregía algo que consideraba que el #MeToo (en castellano ‘Yo también’, expresión creada en redes sociales en 2006 por la activista Tarana Burke y viralizada en 2017 para que las mujeres hicieran públicas sus experiencias de abuso o acoso sexual) había dejado insuficientemente definido, que era: no basta con decir #MeToo, hay que relatarse.

¿Por qué?

Porque el #MeToo era refutable y era imprescindible que no fuera refutable. Es decir, si Meryl Streep dice: “A mí, mi abuelo me tocaba el coño”, y cinco mil crías dicen #MeToo, los negacionistas de la violencia machista dicen: “Esas cinco mil crías no dicen que su abuelo les tocaba el coño porque les tocara el coño, sino porque quieren ser como Meryl Streep”. Es decir, cabía la posibilidad de que fuera aspiracional y, por lo tanto, refutable.

Necesitábamos que no pudiera ser refutable y así construir un movimiento donde la base del relato fuera, primero, el propio relato, no la adhesión a otras, y segundo, fueran mujeres con pocos seguidores.

El relato que más se difundió era de una chica que creo tenía unos 200 seguidores en aquel momento. En dos días se convirtió en trending topic mundial. Me llamaban de periódicos de Japón, del The New York Times. Yo no tenía ni idea de la repercusión que iba a tener.

Recoges testimonios, pero tú también has relatado muchas veces tu propio testimonio. ¿Qué importancia tiene contarlo en primera persona?

Cuando me enfrenté a la memoria histórica y al hecho de que España es la mayor fosa común del mundo, me dije: ¿Por qué no estamos exhumando cuerpos cuando deberíamos estar haciéndolo hasta con los dientes? Preguntémonos por qué siguen las víctimas de la dictadura. Y pensé: claro, cualquier cosa que no está solucionada en familia, no vamos a pedir solución social. Aquello que no se soluciona en lo íntimo, no se reclama en lo político. Esto es una cosa que el feminismo entiende perfectamente. En aquel momento escribí el libro Honrarás a tu padre y a tu madre, donde contaba mi familia, con nombres y apellidos. Pensé: tengo que contarme a mí misma para pedir al resto que lo cuente. No puedo pedir a nadie que cuente lo suyo si yo no cuento lo mío. Es como cuando publiqué A la puta calle, que era la crónica de mi desahucio. ¿Cómo voy a pedir a la gente que cuente su desahucio si no lo hago yo misma? ¿Con qué autoridad?

En aquel momento era imprescindible, porque el relato que estaban vendiendo los medios de comunicación, que son la construcción más podrida del Estado, era: “Han desahuciado a tal”, y te ponían la imagen de un mendigo durmiendo en un cajero. Yo era una directiva del Grupo Planeta, y de repente estaba con mis hijos viviendo en la calle. Entonces, era imprescindible contarlo. Y entendí que era imprescindible contarlo en primera persona. Pero, más allá de eso, era imprescindible decir: “Eh, yo, que soy una mujer fuerte, etcétera, etcétera, no recuerdo cuántas veces me han violado. No recuerdo si son 100 ó 200”. No es verdad que nos violen una vez. No es verdad que haya un tres por ciento de la población que haya sufrido violencia sexual en la infancia. Todas hemos sufrido violencia sexual en la infancia, todas. Todas es todas.

Cuando tu madre tiene miedo a que salgas a la calle, se llama violencia sexual. El cuento de Caperucita que te cuentan es violencia sexual. Yo necesitaba narrarlo. El movimiento testimonial es fundamental, porque o construimos memoria colectiva testimonial, o es refutable.

¿Por qué no están en el centro las torturas de hombres y mujeres de la democracia? Ya no hablo de las del franquismo, las de la Transición, hablo de las torturas de la democracia. Todas las torturas que sufrieron hombres y mujeres en España durante los años setenta y ochenta. Y que siguen. ¿Por qué no están en el centro? Porque no están relatadas. Y así Carmen Calvo siendo vicepresidenta del Gobierno, con todo su coño, puede salir ante los medios de comunicación y decir: “La Transición fue la época más feliz y gozosa de España”. ¿Pero qué me estás contando, Mari? Pregúntaselo a los asesinados y las asesinadas, pregúntaselo a los de Intxaurrondo, pregúntaselo a todas las víctimas de tortura de la Guardia Civil, de la Policía Nacional, de los grupos parapoliciales. Claro, si esto tuviera una memoria colectiva, si esto tuviera un relato de lo que les hacían en tal comisaría, en tal sede, cuando esa tía sale, diríamos: “Mira, cuéntaselo a esta señora o cuéntaselo a esta otra”.

De ahí que haya ciertos movimientos cuyas víctimas tengan un relato pormenorizado en España, que me parece estupendo, como las víctimas de ETA. Pero las víctimas de los abusos sexuales de la Iglesia u otras víctimas, no tienen su relato. Solo relatándolo desde el yo construyes una memoria que es irrefutable.

Cuando digo que hubo torturas en la Transición, hay una parte enorme de la población que me puede negar eso. Y yo no tengo herramientas para defender lo mío. ¿Por qué nos han prohibido el relato testimonial? Hay una cosa básica: no es que yo quiera hacer relato testimonial, es: ¿Desde cuándo he podido hacer relato testimonial? Esa es la pregunta.

Has dicho que todas las mujeres han sufrido de niñas violencia sexual. Y has recalcado la palabra todas. Es un tema universal, que no distingue de raza o clase social.

El ejemplo que pongo es: tú coges dos testimonios, de dos mujeres que relatan lo mismo. Una que dice: “A mí, mi papá me tocaba ahí abajo”. Ahí, tenemos miles de maneras de relatarnos. Y otra que dice: “El hijoputa de mi padre me metía el dedo en el coño”. Las dos cuentan exactamente lo mismo. La única diferencia es educacional, cultural, económica. Ahí se ve las diferencias de todo tipo que hay entre esas dos mujeres, pero dicen lo mismo. Esto demuestra, a través del lenguaje, la universalidad de la violencia. Y ahí faltan, y hay que decirlo, aquellas mujeres, por un lado, que no manejan las redes. Y, por otro lado, y es muy importante, aquellas que no se sienten cómodas con su manera de expresarse.

Si os fijáis, tengo muy pocos relatos con faltas graves de ortografía. Hay faltas de ortografía, pero no muchas... Y muy pocos relatos que no sepan sintaxis y sintetizar lo que le han hecho. Por un lado es porque leyendo a otras, han aprendido. Hay mujeres, al principio, que me mandaban relatos que eran dificilísimos de cortar y publicar. Empezabas a leer y no se entendía nada. A partir del cuarto o quinto mes de publicar relatos, veía cómo copiaban la manera de relatarse de otras, y eso también es fundamental.

Aprender de las otras cómo relatarte es imprescindible, y es imprescindible en los juicios. Cuando hice acompañamiento en juicios, me di cuenta de que había jueces o policías que no cogían el relato de las mujeres porque les decían que era inconexo, que no se entendía. Claro que no se entiende, haz un esfuercico, bastante le está costando estar ahí subida en un estrado.

Recuerdo una mujer que decía: “No, es que mi marido, eh, me...”. Relataba como podía que el marido la obligaba a tener prácticas sexuales que a ella no le apetecían. “Y entonces, eh, por el culo”, decía ella. “Pero, ¿cómo te obliga?”, le decía el juez. “Bueno, es no, bueno, es que mi marido les pega a mis hijos, eh, con el cable del teléfono, que son muy pequeños”. Y el juez, otra vez. “¿Pero vienes a denunciar lo del cable del teléfono o tal?” Y ella se aturullaba. Le estaba diciendo al juez que si no le permitía a su marido tener sexo anal, lo pagaba con los críos. Pero ni al juez ni a los policías les dio la gana de entenderlo.

Siguiendo con los relatos, de hashtag a hashtag, de #Cuéntalo a #SeAcabó. En agosto de 2023 la selección española femenina de fútbol gana el Mundial, y hay una agresión sexual delante de millones de personas, en directo y en la televisión.

Una agresión en directo y básica. Es decir, no le mete la polla en la boca, le agarra la cara y hace así (imita el gesto de Rubiales). Es decir, algo tan elemental que nos permitió explicar el consentimiento desde algo tan básico como lo que ese imbécil llama “un piquito”. Porque si hubiera sido algo más grave, el piquito se nos habría quedado fuera. Te habrían dicho: “Sí, claro, que te obliguen a una mamada eh, pero lo otro...”. Claro, y luego el hecho que fue retransmitido internacionalmente.

Fue bestial. Y luego Rubiales, a quien deberíamos hacerle una estatua en todos los centros feministas, hizo otra cosa para mí todavía más importante. Porque tú fíjate que el gran movimiento de apoyo a Jenni (Hermoso) no viene con el piquito, viene después de la conferencia de prensa que dio este tío. Y este tío dice una cosa para mí fundamental. Siempre nos habían dividido entre buenas feministas y malas feministas. Buenas feministas, Cristina Cifuentes, y malas feministas, Cristina Fallarás, pongamos como ejemplo. Este tío divide buenas víctimas y malas víctimas. Y yo supe que ahí la cosa iba a saltar. Ninguna víctima, ninguna mujer, iba a permitir que nos dividiera en buenas y malas víctimas. Y pensé: “Ya estás, y ya está”.

Has publicado miles y miles de casos de mujeres que cuentan agresiones sexuales que han sufrido en primera persona. Sin embargo, hay un caso que en octubre de 2024 se hizo especialmente mediático. Hablo del llamado Caso Errejón. El hecho de que la persona denunciada fuera un político digamos, “de izquierdas y aliado” en el imaginario de mucha gente, fue un shock. Pues sí, también hay agresores “de izquierdas”. Y no pocos…

A mí me llegó un testimonio donde decía: “Un político de izquierdas madrileño me ha hecho esto, esto y esto”. Lo publiqué como los publico todos, sin saber si era Errejón u otra persona. Yo tenía en aquel momento cuatro o cinco testimonios sobre políticos de izquierdas madrileños con ese perfil, para que te hagas una idea.

Bueno, lo publiqué y me olvidé. Y al día siguiente, o al de dos días, me empiezan a escribir mujeres: “¡Ostras, la que has montado!”. Alguien cogió el pantallazo y lo llevó a Twitter, porque todo el jaleo se montó en Twitter, donde todas empezaron a decir: “Es Errejón, es Errejón, es Errejón”. No hizo falta nada más. Él solo lo dijo todo, lo de la persona, el personaje...

Yo iba en un tren con una chica que iba sentada a mi lado, y la pobre me iba diciendo: “¡Ha mandado no sé qué! ¡Ha dimitido tal y cual!”. La pobre me mira y me dice: “¿Eres Cristina Fallarás? Enhorabuena”. Claro, y la gente del tren se empezó a levantar, a darme la enhorabuena. Pasó lo del caso Errejón, y a mí me cayó la del pulpo.

Leyendo ciertos artículos parece que fue culpa tuya que Errejón hubiera agredido a la persona que le denunció...

El otro día recuperé el artículo que publicó El País firmado por Santiago Alba Rico, Itziar Ziga y Raque Ogando... Una parte del movimiento feminista se puso contra mí diciendo dos cosas: la primera, que era una persecución contra los hombres; la segunda, que las mujeres no sabíamos distinguir el mal sexo de una violación. ¡Como si no hubiéramos follado mal en esta vida! ¡Si lo que mejor sabemos distinguir es el mal sexo, porque nos han follado mal toda la vida!

También te acusaron de “romper la unidad de la izquierda”...

Primero, ¿qué es la unidad de la izquierda? Segundo, ¿cómo miramos lo que es izquierda y derecha desde una mirada que pone en el centro la violencia sexual? ¿Cómo miramos la idea de progresismo y conservadurismo desde un relato que pone en el centro la violencia sexual? ¿Cómo miramos a nuestros compañeros? ¿Qué tenemos que hacer con eso? ¿Cuál es la participación? ¿Cómo nos organizamos? ¿Cómo incluimos ese relato? ¿Por qué unos compañeros que saben sumarse a una flotilla nada menos que para ir a Gaza dicen que no tienen herramientas para luchar contra el machismo y contra la violencia sexual? ¿Por qué unos compañeros que llevan toda la vida sabiendo luchar por el pueblo saharaui, por Palestina, en condiciones extremas, dicen que no saben cómo acompañarnos? Porque no les da la gana.

Y entonces, ¿qué es la izquierda? ¿Qué son los sindicatos si ningún sindicato ha convocado una enorme manifestación que paralice todo el Estado denunciando que la mitad de las trabajadoras y trabajadores, que somos nosotras, cobramos menos que ellos? ¿Cómo validamos esos movimientos? Y lo miramos con compasión, porque cuando venga la respuesta que va a venir, necesitaremos que algunos estéis a nuestro lado. La pregunta es si estaréis a nuestro lado.

Hablabas de la importancia de saber relatarse.

Hace un tiempo me escribió una mujer y me dijo: “Mira, Cristina, he leído un testimonio que me ha resonado mucho”. Se refería a un testimonio de una mujer cuyo marido le obligaba a hacer felaciones. Me dijo: “Te escribo para preguntarte si mi marido es un maltratador”. Le dije: “Yo no te puedo contestar, pero tienes que mirar dos cosas. La primera es si lo que hace a ti te violenta”. Y me dijo: “Nuestras prácticas sexuales consisten en que él llega, pone porno y yo se la chupo, le hago una mamada”. Le volví a responder: “Bueno, tienes que mirar si eso te violenta y luego, sobre todo, si él es consciente de que te violenta”. Entonces, ella me contestó: “¿Cómo no se va a dar cuenta si lloro todo el rato?” Esa mujer, ¿cuántos años llevaba llorando sin saber que a eso no se le llama relación sexual, que se le llama violación? ¿Cuántos millones de mujeres hay así?

Tenemos que relatarnos, tener espacios de la verdad y el relato. Esos espacios no pueden ser los medios de comunicación. Es imposible, nos han impedido hablar toda la vida de Dios. De hecho, están construidos para que no hablemos. Los medios de comunicación son los constructores del silencio. España no estaría sembrada de fosas comunes si el grupo Prisa, si los periódicos supuestamente de izquierdas, hubieran hecho causa común para exigir que se exhumaran esos cuerpos. Tenemos que preguntarnos por qué sabemos más de las alineaciones del Athletic de Bilbao que de los nombres de quienes están en las cunetas. Pues lo mismo con la violencia sexual.

El último 25N el sindicato realizó una jornada de reflexión sobre el papel de los hombres en la reproducción y desactivación de las violencias machistas. ¿Qué papel debemos jugar los hombres?

No te pienso contestar a esa pregunta. No tengo nada que decir sobre vosotros, lo siento. No soy vuestra madre, ni ejerceré de vuestra madre. Los hombres son tan listos, tan cultos, tan formados... Históricamente mucho más que nosotras. No vamos a ser nosotras las que os solucionemos esta papeleta. Es que de ninguna manera. No quiero decir que no encontraréis grupos de mujeres que estén a favor de la pedagogía con los hombres. Yo no estoy ahí. No me creo que no sepáis cómo hacerlo. No me creo que los hombres no lo sepan. Ya está.

Me creo que no quieran participar en la crianza, me creo que no quieran participar en el trabajo doméstico, me creo que les sea muy útil que todo el tiempo que utilizamos nosotras en organizarnos, hacer asambleas, ir a conferencias, leer a la Federici... Todo ese tiempo no lo queréis utilizar vosotros. Me creo que las causas internacionales os son mucho más cómodas. Me lo creo todo. No me creo que no seáis capaces de decidir vosotros mismos. Es que es un problema vuestro. Vosotros, los hombres, sois violentos contra las mujeres. Tenéis un problema gravísimo. ¿Vamos a ser nosotras las que os demos la solución? Yo, ni siquiera un consejo. No es una bronca, ¿eh? Pero ni siquiera un consejo, nada de nada.

Tengo muchos grupos de feministas que me detestan por esto que digo. Es como si yo preguntara a las mujeres migrantes o como si yo preguntara a las de la Cañada Real, que me digan a mí, mujer blanca, rica, culta, nacida aquí, con todos los privilegios: ¿Cómo puedo ayudaros? ¿Me explico? Es bestial.

No soy amigo de Pedro Sánchez, pero tengo el perfil de lo que él definió como “sus amigos”. En teoría, esos amigos suyos que están preocupados por que el feminismo ha llegado demasiado lejos.

Aquella frase marca un antes y un después. Para mí, es la frase más relevante de Pedro Sánchez como presidente en España. La frase que le marcará, igual que las de Aznar fueron: “hay armas de destrucción masiva” y “ha sido ETA (por los atentados del 11M en Atocha)”. Para mí, Pedro Sánchez pasará a la historia por la de: “El feminismo molesta a mis amigos de cuarenta y cincuenta”. Amigos que han acabado siendo unos agresores, algunos de ellos con condenas, pero sobre todo, que expulsaron del PSOE a las feministas. Lo pagará el partido entero.

No hace tanto ha habido varias denuncias por agresión sexual en el PSOE, que ha intentado en todo momento tapar lo sucedido...

¿Pero qué esperabas del PSOE? El PSOE es el partido de los GAL. Es el partido al que la Iglesia Católica le debe su permanencia y sus enormes privilegios económicos. La Iglesia Católica es la mayor organización contra las mujeres. Es el partido que no exhumó a Franco hasta que hubo un clamor en las redes sociales. Es el partido que no puso en marcha la investigación contra los crímenes de la Iglesia... ¿Qué esperamos del PSOE? Esa es mi pregunta.

El PSOE es el partido que expulsa al Ministerio de Igualdad cuando ve que el Ministerio de Igualdad tiene un feminismo real dentro. Es el partido que intenta desarticular la ley del solo sí es sí. Es el partido de Corcuera. La idea de que el PSOE sea feminista es una invención del propio PSOE, apoyado por sus aparatos de comunicación, que son muy grandes y muy fuertes y que tiene grandes apoyos. Fíjate que su mayor representante en feminismo pasaba por ser Carmen Calvo, una mujer tránsfoba.

Hay varias cosas que solo se ponen en marcha en España cuando aparecen las redes sociales. Una, la exhumación de Franco. Dos, el rey se tiene que ir corriendo. Tres, la Iglesia tiene que empezar a revisar sus casos de violaciones. Todo eso ha sido tapado durante cuarenta años. Cuarenta años de PSOE y, en teoría, medios de comunicación libres. Y ahí también meto a los movimientos independentistas y a las izquierdas patrias de todo tipo. Porque a mí, ni Rufián, ni Otegi, ni ningún otro de todos estos me representa tampoco. Tenemos un problema con la articulación de la izquierda y el feminismo bestial, donde no entra el PSOE, porque el PSOE no lo considero izquierda.

Y en la construcción de esta podredumbre, meto a los sindicatos CCOO y UGT. Los cuatro grandes responsables históricos de Comisiones Obreras y UGT (Nicolás Redondo, Cándido Méndez, Antonio Gutiérrez y José María Fidalgo) redactaron “como sindicalistas de izquierda y de clase de España” una carta manuscrita a la jueza Servini, de la querella argentina contra Rodolfo Martín Villa, para que no lo metiera en la causa porque era el gran artífice de la democracia. Él ordenó la matanza de Vitoria del 3 de Marzo, él puso las medallas de Billy el Niño. ¿Qué hizo el grupo Prisa a partir de entonces? Nombrarlo presidente de Sogecable. ¡Claro! Todo esto no está narrado. ¿Quién lo va a narrar? ¿El mismo que lo nombra presidente de Sogecable? Pero si hasta 2015 España era el país que sorprendentemente no tenía extrema derecha y que, sorprendentemente, la Iglesia católica era el único país que no había violado niños. ¿Os acordáis del relato? En España no hay extrema derecha. En fin...

Es posible que dentro de un año, un año y poco, el gobierno de España esté presidido por el PP con el apoyo, no se si interno o externo...

(Interrumpe) Interno, interno. Con Vicepresidencia del Gobierno y Ministerio de Interior.

... Si, decía con apoyo de VOX. ¿Cómo ves ese panorama de Feijóo presidente con Abascal de vicepresidente?

Me preocupa hasta tal punto de planificar mi salida de España. Me preocupa hasta el punto del exilio. Vamos a tener un gobierno de extrema derecha, porque un gobierno de Feijóo con Vox no es un gobierno de derechas, es un gobierno de extrema derecha. Y un gobierno de extrema derecha maneja la pulsión de muerte. Ya está. Hay muchas maneras de matar a una persona: la muerte civil, la muerte económica, que me metan en la cárcel... Yo tengo varias causas judiciales abiertas, tengo causas por cerca de un millón de euros abiertas. Por cualquiera de ellas me podrían meter en la cárcel, porque soy insolvente.

Por primera vez entiendo el movimiento de Puigdemont, aunque sea un personaje que detesto. Me voy fuera, claro. ¿Me explico? ¿Yo y cuántas más? ¿Yo y quiénes más? Que a mí me denuncie Vox, como me tiene denunciada... (Abre el ordenador portátil que tiene encima de la mesa). Mira, ya verás qué gracioso. Esta es la página de Vox. Tiene esto colgado. Aquí recoge nuevos afiliados con mi cara. Esto jamás lo había hecho un partido en democracia, porque es ilegal y vulnera varias leyes. Yo le pedí a la Fiscalía en septiembre que cerrara esa página. Si hubiera sido una página de Esquerra o de Bildu la hubieran cerrado de oficio al día siguiente. Sigue abierta a día de hoy. Bueno, no sé cuántas amenazas de muerte recibo por culpa de esa página, pero lo que sí sé es que es una estrategia. Estos señores ya me han denunciado, ese juicio ya está en marcha.

Eres una mujer que vive amenazada por la extrema derecha. ¿Cómo es poner el cuerpo por todas?

Tendrías que andar por la calle conmigo. Poner el cuerpo es el empeño en vivir en libertad. Eso es una parte que es casi laboral. No es laboral porque no se cobra, pero es una parte de ejercicio activista. Y hay otra parte que es cuando lo aterrizas en ti misma. Necesitamos hacerlo como ejercicio, que no solo sea político.

Si ahora estuviera en un partido, aunque fuera de izquierdas, se me consideraría intocable. ¿Por qué? Porque se ha criminalizado hasta tal punto a la sociedad, lo que se llamaba la sociedad civil, que solo se pueden dar ciertos pasos si tienes la legitimidad de lo institucional. Yo reivindico que desde el activismo podamos poner la cara y el cuerpo, porque cuando se aprueba la ley mordaza, y por eso el PSOE no la ha derogado, lo que hacen es criminalizar a la población hasta tal punto que te convierten en alguien que no puedes poner la cara.

Tenemos obligación. No quiero vivir en un país donde no se pueda poner la cara. Y cuando vemos el vídeo de la muchacha a la que mataron en Estados Unidos, que le dice al policía en broma: “Eh, no estoy enfadada contigo”, es muy loco. ¿Cuántas veces yo me he tomado algo a broma? Cuando me pusieron una multa por la ley mordaza, que fue por una idiotez de bajarme de la acera a la calzada, le hice una broma al policía. Le dije: “Qué na, te voy a dar el carné de identidad, ya sabes quién soy”. Ese policía me puso multa de 600 euros por desacato a la autoridad. Era una broma lo que yo le hice. ¿Y si ese policía hubiera sido de Desokupa? ¿Y si me llevan a la comisaría? ¿Qué garantías tengo en una sociedad donde no se han narrado las torturas dentro de las comisarías?

Todo fascismo empieza con la policía, no con el ejército. Comienza con el uso de los cuerpos de represión policiales, no del ejército. El ejército tiene otro componente más de Estado. ¿Cuando Vox esté en Interior, qué? Estaré sola. A mí me escribe gente diciendo: “¿Qué necesitas que hagamos? ¿Qué podemos hacer?”. No voy a ser yo quien te lo diga. ¿Me explico? Quiero decir, tienes herramientas, monta algo, haz algo, no tengo ni idea. Pero ni un solo sindicato, ni un solo partido político, excepto Gerardo Pisarello y Podemos, que presentó una Iniciativa No de Ley, ni un movimiento me ha apoyado en ese tema. O sea, hasta ese punto han desactivado la acción colectiva. Es brutal.

Te puedo caer mal. No quiero ser simpática, no he sido simpática en mi vida. Pero esto vulnera algo que acabará tocándote a ti. No me preguntes qué hago, ¿me explico? Bueno, pues no se ha hecho nada.

¿Qué falla para que miles y miles de mujeres agredidas no se atrevan a denunciar, tengan miedo a ir a una comisaría, ir a un juzgado de guardia?

¿Que qué falla? La historia entera de la humanidad. El Estado entero está construido desde el patriarcado y contra las mujeres. La policía es una construcción contra las mujeres. Los jueces son una construcción contra las mujeres. Cuando a una mujer le dices: “Denuncia en un juzgado”, le estás diciendo: “Cállate y no denuncies”.

¿Cuánto cuesta denunciar en dinero? Yo tengo amigas abogadas. ¿Cuánto me cuestan y cuánto cuesta todo lo que hago? Estoy descapitalizada. ¿Pero cómo le vas a decir a una mujer que vaya a denunciar a unas fuerzas que están organizadas con un eje que son las pistolas, la violencia, la jerarquía? ¿Estamos locas?

Y lo más suave es el PSOE, que ya has visto lo que dice. No, no se puede denunciar en un aparato jerárquico macho. Todo está construido contra nosotras. Cuando dicen: “Ah, hay mujeres en la policía”. Ya, pero es que es la policía. “Hay mujeres en la judicatura”. Yo soy muy amiga de Vicky Rosell, que fue delegada del Gobierno contra la Violencia de Género, habiéndole ofrecido un puesto en el Tribunal Constitucional. Ahora se ha vuelto a un juzgado de guardia en Canarias, a un juzgado de violencia sobre la mujer, porque dice: “Es que yo no voy a participar en eso”.

Hablamos de una construcción macho, una construcción patriarcal en la que no podemos participar. ¡Está hecha para los hombres! Como toda jerarquía. No es cierto que haya una participación colectiva en la toma de decisiones. ¿Quién toma las decisiones? Piensa en tu sindicato. ¿Cuál es su genealogía? ¿Quiénes son los grandes próceres del sindicato? ¿Quiénes son los referentes? ¿Qué hacían sus mujeres? Preguntémonos cuánto tiempo estaban ellos fuera de casa. Desde la mañana hasta la noche. ¿Y quién criaba a sus hijos? ¿Y quién compraba la comida? ¿Y la ropa?

Los hombres han decidido tradicionalmente no creer a las mujeres, todo está construido para no creer a las mujeres. Pues yo he decidido, como forma de vida, creer a las mujeres, a todas. Incluso si tú me demuestras que miente, me importa un pito, yo la creo. A todas, por principio.

Igual que me lavo los dientes, creo a las mujeres. Igual que sé que a todas nos han violentado. Si no la inmensa mayoría de las mujeres estaríamos más gordas, porque a todas nos gusta comer. Y vivimos en una sociedad que nos exige parecer niñas y estar delgadas. Lo siento, es así.

¿La prostitución es otra forma de violencia contra las mujeres? ¿Qué postura tienes sobre este tema?

Varias cosas. Hay que abolir el tráfico de cuerpos de mujeres como empresa. Eso no es prostitución, eso se llama trata. Hay que actuar de manera contundente contra los proxenetas. Y sobre el putero, muy en contra de lo que dicen algunas compañeras; yo con el putero me haría un monedero con la piel de su escroto. Dicho esto, siempre, siempre con las prostitutas, siempre.

"Si lees el sumario de cualquier caso de corrupción en España, te das cuenta de que en este país los acuerdos se cierran en los burdeles". Eso lo dijiste en 2014. Ha pasado más de una década, pero la frase tiene plena actualidad.

Todos los acuerdos. Los empresariales, los políticos, los judiciales. Yo tenía un periodista, que ahora es un periodista militante de la extrema derecha más extrema, que cuando venía a las tertulias nos contaba cómo la noche anterior había estado con varios jueces en locales de intercambios de parejas de Madrid. Locales donde para entrar en el intercambio de parejas contrataban cada uno a varias putas, porque parece que no pueden entrar hombres solos, hay que entrar con mujeres. E iban con varias putas, que mientras ellos hablaban les hacían una mamada.

Y luego tengo otro ejemplo de un empresario bastante importante de la construcción, que contaba cómo iban, decía, a contrato de mantel. Era unos asadores que había en la zona de Cuzco, Madrid. La mesa tenía mantel largo, hasta los pies. Y debajo de la mesa, mientras ellos se comían un cocido, estaban las prostitutas dentro, debajo de la mesa, dentro del mantel, haciendo mamadas. El hijo de puta hacía bromas y decía: “Yo de vez en cuando les paso una morcilla”.

¿En la prostitución también hay un tema de clase?

Por supuesto. Todo esto yo lo hablo como blanca, rica. Ahora soy homosexual, pero no siempre he sido homosexual. Soy homosexual política. Lo único que tengo como vulnerabilidad real es ser mujer y ahora homosexual, pero dentro de un... En el resto, tengo mucha dificultad para expresar mi opinión, porque creo que no puedo hablar con facilidad. Por eso digo que siempre con las putas. Pero a mí qué, quiero decir, yo no puedo entrar... Hay una mirada brutalmente cristiana sobre el uso del cuerpo.

¿Por qué es peor poner el culo? ¿Me explico? Hay una cuestión cristiana. Ahora, hay que estudiar muy detenidamente qué supone el ejercicio del putero, y desde dónde está construido. Y dentro de eso, hay que explicar también esta sociedad cómo y dónde sitúa a las prostitutas, cuando es una sociedad de puteros. ¿Dónde colocar a las prostitutas? Porque, claro, para tanto putero tiene que haber mucha puta.

¿Cómo somos capaces de discutir que esas mujeres tengan unos ciertos derechos? No sé. ¿Cómo? ¿Con qué coño vamos a discutir eso? ¿Con qué coño vamos a discutir que se sindiquen? Ahora, para saber de qué estamos hablando, haría falta un censo. ¿Por qué no hay un mapeo? Un censo, y eso te permitiría saber cuantos burdeles de carretera tienen menores. Porque hay muchísimas víctimas de trata. Yo he estado con menores que salían de ahí (por los burdeles de carretera). ¿Y por qué no pasa nada? Porque no quieren que pase. De nuevo, es una construcción macho.

Me alegro mucho que me hayas preguntado, porque es que lo de la abolición me persigue toda mi vida por culpa de aquel titular que luego tuvieron que rectificar. Casi me muero. Y ahí tuve muchos problemas, muchísimos.

Yo, Cristina Fallarás, he usado mi cuerpo económicamente, por supuesto. Por supuesto. Yo, Cristina Fallarás, he sido joven y he usado mi juventud, he sido muy lista y he usado mi inteligencia, he sido muy sexual y he usado mi sexualidad, para casi todo, por supuesto. ¿Y quién me va a decir que esas no son mis herramientas? Hasta ahí podríamos llegar. En una sociedad donde los valores van por ese lado, el castigo es un arma. Anda, pregunta cuántas mujeres de tu entorno han chupado una polla sin ganas. Para que la cosa acabe, para que el tío se vaya, para que no se ponga violento, para que se ponga la medalla de: “Se ha corrido”. Porque como tuviera que irse sin que te corrieras, se iba violento. ¿Es verdad o no? Pero incluso con el marido, ¿eh?

La Ley Trans también ha suscitado polémica en ciertos entornos del feminismo...

(Interrumpe) No, no, no son feministas. La que no considera que una mujer trans es mujer no es feminista. Carmen Calvo ha hecho mucho daño. Por eso se empeñan en El País y compañía en decir que es el partido feminista de España.

Has hablado públicamente de que tu desahucio probablemente nunca se hubiera producido si no hubiera habido por delante toda esa violencia sexual.

Por supuesto. En España hay dos millones y medio o tres millones de mujeres que sufren violencia sexual en su casa, según las últimas estadísticas. Esas dos millones y medio, tres millones de mujeres, no trabajan en las mismas condiciones que sus compañeros. Trabajan con una pastillita, trabajan temblando, trabajan en condiciones de ansiedad. Tienen la cabeza en varios sitios a la vez. Eso es una violencia económica extraordinaria y es imposible decir que eso es inocente. Hay una manera de disciplinar a las mujeres desde la violencia sexual para que ocupen peor la estructura económica.

Es una doma, un disciplinamiento. La violencia sexual es un principio de construcción del lugar económico que ocupas. Todos somos entes económicos, da igual que amemos o no amemos, tenemos que comer y tenemos que vivir. Toda violencia sexual te disciplina para que obedezcas, para que tengas menor autoestima. Cuando una mujer es tocada, amenazada o mirada desde otro lugar su construcción económica no está en las mismas condiciones que la de los hombres. Ya no hablo de que tu jefe te maltrate, que es lo habitual, de que tus compañeros de trabajo te maltraten, que es lo habitual. Yo dejé de trabajar en redacciones periodísticas porque entendí que no podía y no debía, por salud mental, compartir ese espacio. Un espacio salvaje. ¿Qué pasa en las fábricas? ¿Qué pasa en grandes empresas? ¿Qué pasa en sindicatos, partidos políticos? ¿Qué pasa ahí? ¿Cómo es posible que necesitemos poner obligatoriamente y por ley canales de denuncia para las violencias sexuales internas? ¿Y quiénes fiscalizan esos canales? Es brutal eso.

Lo vemos como normal, pero es gravísimo. No tenemos canales de denuncia para muchas otras cosas. Y sin embargo, lo sexual es tan habitual... Pero eso viene de la infancia. Todo viene de la infancia. La manera en que te vistes, la manera en que te mueves... Ese día que hemos vivido todas, sin tetas todavía, sin pelos en el coño, cuando el amigo de papá dice: “¡Ostras, Patxi, cómo se está poniendo la chavala, eh! Te vas a tener que comprar una escopeta”. Esa chavala no tiene tetas todavía y ya está sexualizada. No es una manera, es la manera de control.

Terminamos. En una entrevista mencionaste que tenías algunas creencias que te parecían un poco innegociables. Y decías: “El respeto a los derechos humanos, la ternura, la compasión, el reparto de la riqueza y la lucha por una sociedad lo más igualitaria posible”. Me gusta mucho la parte de la ternura y la compasión, porque creo que está muy denostada hoy en día.

La ternura es un acto político. De hecho, toda la crítica al movimiento testimonial es una crítica que se puede hacer solo si eliminas la ternura y la compasión. Nadie que lea el testimonio de una mujer puede hacer una crítica al movimiento testimonial. Nadie que lea los testimonios de las mujeres puede decirme que son falsos. A no ser que elimine la ternura y la compasión. Y la ternura y la compasión son dos de los ejes que los hombres eliminaron para construir cualquier jerarquía. Y es lo que les impide comunicarse. En ningún momento (por los hombres) sois capaces de hablar desde la ternura, no os lo permitís.

¿Somos (los hombres) más básicos?

No, no es verdad, no es básico, es violento.

Porque nos lo podemos permitir, seguramente...

Claro, desde el privilegio, pero te digo, es de una idiotez supina. De la misma manera que nosotras luchamos contra el patriarcado, no entiendo que los hombres, con todo lo listos que habéis sido para hacer daño, sigáis permitiendo que os haga daño a vosotros hasta este punto. ¿Sabes la cantidad de hombres que me escriben? “A mí me hicieron... a mí me hicieron... a mí me hicieron”. Les digo: “¿A quién se lo has dicho?” Responden: “A nadie”. Hay un sitio que es Me Too Hombres o algo así. Pero luego los hombres piensan: “Estará lleno de maricas. No vaya a ser que crean que yo soy marica por decir que me hicieron daño”. Es así. Y luego hay mujeres que actúan como hombres, que son habitualmente las que se meten en política. Sin ternura no hay intimidad.