Y después del 8 de marzo...

YAYO HERRERO, activista ecofeminista

El pasado 8 de marzo, millones de mujeres convocadas por el movimiento feminista tomaron las calles de ciudades y pueblos. A muchas, ese día se nos quedará  grabado como uno de los momentos más emocionante, reivindicativo y empoderado de nuestras vidas.

Las comisiones del 8 de marzo, creadas en todos los puntos del estado, hicieron visibles los malestares, las injusticias y las violencias que el machismo impone en las
vidas cotidianas. El 8 de marzo, las mujeres decíamos: basta.

Nuestras lecturas de la realidad y las reinvindicaciones quedaban plasmadas en el argumentario de la huelga feminista. En él se daban las razones que nos impulsan a querer cambiarlo todo para construir un modelo de convivencia mejor, no solo para las mujeres, sino para todas las personas.

El éxito de la huelga feminista tuvo mucho que ver con el cuidado puesto en el larguísimo proceso de preparación. La apertura y frescura del proceso consiguió aglutinar a trabajadoras del hogar, jubiladas, estudiantes, asalariadas precarias, bolleras, trans, migrantes, ecologistas, a quienes luchan por la vivienda y contra la pobreza  energética, etc. El apagón informativo de las mujeres periodistas llevó al espacio público de los medios de comunicación lo que se pretendía mostrar: el enorme vacío que se crea cuando las mujeres no están.

La huelga feminista planteó una nueva forma de protesta social. Readaptó la huelga a la multiplicidad de roles que las mujeres juegan en la sociedad. Extendió la huelga
laboral al campo - habitualmente invisibilizado - de los cuidados, situando su centralidad y la injusticia de su reparto, así como al terreno del consumo, que junto con la
producción apuntala un modelo insostenible e injusto. Para las mujeres, una huelga no es general si no aborda todos esos ámbitos que sostienen la reproducción social.

La huelga de mujeres obligó, también, a reflexionar y redefinir el papel de los hombres en ella y desbordó los planteamientos de algunos sindicatos que habían
convocado solo un paro de dos horas, a pesar de las protestas de las mujeres afiliadas.

Ahora toca gestionar el éxito de una movilización que pretende un cambio en las ideas, comportamientos, actitudes que condicionan fuertemente la vida de las mujeres, y a la vez, conseguir cambios normativos, legislativos, recursos y estructuras para hacerlos.

La fuerza de la movilización tiene que verse reflejada en la fortaleza de la agenda feminista. La propuesta de esta agenda habla de otra vida para las mujeres – para las
personas – justa, social y ecológicamente sostenible. Se trata de una propuesta de cambio profundo que choca de plano con las políticas patriarcales, antiecológicas
e injustas que emanan de un modelo capitalista neoliberal. El conflicto es inevitable.

Es por eso que, desde el día siguiente al 8 de marzo, el movimiento feminista ha vuelto a las asambleas, consciente de su fuerza y también de la dificultad del reto que tiene por delante y los obstáculos y resistencias que se van a producir.

Sin duda, el debate, el mantenimiento de la transversalidad y la diversidad – con toda la dificultad que siempre comporta- son los pilares en los que hay que apoyarse. Los lazos políticos y afectivos que se han creado entre los cientos de mujeres que durante meses han construido esa movilización son también una garantía de continuidad.

Quiero terminar agradeciendo la inteligencia, la sensibilidad y el trabajo agotador de todas las que han estado construyendo día a día el que, para mí es, sin duda, el movimiento social más potente y vigoroso de los tiempos que vivimos. Su forma de hacer política y movimiento es un faro que ilumina a otros movimientos que tienen tanta dificultad para serlo.