Auge de la ultraderecha: Cómo dar la batalla al monstruo

Cuentan que la democracia nació en Grecia, de la mano de Pericles, allá por el siglo V antes de Cristo. Un dato tan discutible como oportuno para avisar de que quizá la misma Grecia vio 2.500 años después cómo esa democracia caía herida de muerte a manos de las élites económicas de la Unión Europea. El 14 de julio de 2015, el Gobierno de Syriza dirigido por Alexis Tsipras hincó la rodilla y aceptó las durísimas condiciones impuestas por la troika, pese a que sólo nueve días antes la ciudadanía griega había votado ampliamente (un 61%) por llevar su soberanía hasta las últimas consecuencias y no ceder ante el chantaje de los acreedores. Syriza no se enfrentó al poder económico (la Unión Europea fue su representante) y el país que se había convertido en la esperanza del mundo alternativo se rindió a los intereses de los grandes bancos europeos. La democracia era papel mojado y el pueblo griego quedó condenado a la pobreza y la deuda eterna e impagable. Todo el mundo tomó nota.

Entre Pericles y Tsipras pasaron muchas cosas –casi todas fuera de Grecia–, pero ese rincón del viejo continente ha ido enseñando el camino por el que iban a transitar los demás socios de la Unión Europea, de grado o por la fuerza, hasta llegar a un 2019 marcado por el cerco que la extrema derecha ha desplegado en torno a la política del mundo entero: Trump, Bolsonaro, Orban, Salvini, Vox, Alternativa por Alemania, Amanecer Dorado. Son nombres propios amenazantes que hace unos pocos años no existían. Han irrumpido velozmente, es cierto, pero no surgen de la nada. Y es más útil buscar sus causas (y combatirlas) que señalar culpables (para ocultar los errores propios).

Como casi todo empieza en Grecia, allá por 2009 se descubrió que el Gobierno conservador había falseado las cuentas estatales para camuflar el déficit: la UE impuso sus primeros ajustes y recortes, la clase trabajadora griega empezó a sufrir su particular calvario… y Amanecer Dorado pasó de ser una fuerza marginal sin presencia institucional (0,3% de los votos en 2009) a obtener 21 escaños (7% de los votos) en las elecciones de mayo de 2012. Bastó con crear las condiciones objetivas y el caldo de cultivo apropiado para que un partido declaradamente fascista y filonazi se convirtiera en uno de los protagonistas de la política griega. Parece una eternidad, pero solo han pasado seis años y medio, y aquellos lodos ya son un barrizal a la puerta de nuestra casa. Aquellas condiciones creadas en Grecia alumbraron un monstruo, y esas mismas condiciones, pocos años después, provocan lo mismo en casi todo el mundo.

El neoliberalismo creó el monstruo

“El aumento de la extrema derecha –subraya Txiki Muñoz, secretario general de ELA– es una consecuencia más de las políticas de ajuste impuestas durante la mal llamada crisis. Tanto los partidos conservadores como los socialdemócratas abrazaron esa fórmula de devaluar salarios (ya que en la UE no se puede devaluar la moneda, como se hizo en anteriores crisis) y empobrecer a la sociedad, mediante la camisa de fuerza que son los tratados, memorándums y demás arquitectura legal que limitan el déficit público e imponen una regla de gasto para así pagar la deuda a los grandes bancos por delante de cualquier necesidad social”.

En el Estado español, eso se tradujo en la modificación de la Constitución (agosto de 2011) con los votos a favor de PSOE, PP y UPN, para que el artículo 135 blindara los intereses de los acreedores privados de la deuda pública por delante de cualquier necesidad social. La desigualdad se hizo constitucional; ningún otro Estado europeo ha ido tan lejos. Fue la pista de despegue para que al año siguiente el Gobierno de Rajoy impusiera la Ley de Estabilidad Presupuestaria, que fija el cumplimiento obligatorio para todas las Administraciones de tres condiciones leoninas: límite de déficit presupuestario, tope de deuda pública y la regla de gasto.

“Eskuin muturraren gorakada gaizki izendatutako krisian zehar inposatutako doitze politiken ondorioetako bat da. Alderdi kontserbadore nahiz sozialdemokratek soldatak jaitsi eta gizartea probetzearen aldeko apustua egin zuten”


Esta última regla establece el límite de crecimiento de los presupuestos de todas las instituciones, incluidas las de Hego Euskal Herria. Así, se establece que el gasto computable en 2019 no crezca más del 2,7%, muy por debajo del crecimiento nominal de la economía, lo que significa que el peso de lo público se reduce, año tras año, por ley, y no por ningún vaivén económico (ya sean crisis o desastres de cualquier tipo). Como explica Mikel Noval (ELA): “Si se recauda más, no se puede gastar más; y si se recauda menos, a recortar. Entonces, ¿si Madrid fija la subida de los presupuestos vascos, en qué queda la capacidad económica que supuestamente daban el Concierto y el Convenio Económico?”.

Todo ello supone la negación de cualquier opción de autogobierno económico: los parámetros de cualquier presupuesto público –incluidos los vascos– son, desde entonces, fijados desde la Moncloa.
¿Pero la culpa es solo de Rajoy? Veamos. Los límites presupuestarios para el periodo 2018-2020 los marcó el ministro Montoro (PP) allá por la primavera de 2018, los llevó al Congreso y consiguió el apoyo de su partido, de UPN… y del PNV (11 de julio). La idea era presentarlos luego ante las comunidades autónomas, pero a la reunión del 27 de julio no acudieron ni el Gobierno Vasco ni el de Navarra, apelando a la supuesta bilateralidad de sus relaciones económicas con España. Así pues, de las 15 Comunidades Autónomas (CCAA) presentes, solo votaron a favor de los límites presupuestarios Ceuta, Melilla, Canarias y las cinco gobernadas por el PP. Todas las del PSOE (7), Cataluña y Cantabria votaron en contra, aunque luego han tenido que cumplirlos como las demás.

“Ezker politikoa ez da gai izan neoliberalismoari aurre egingo dion alternatiba bat eskaintzeko. Horregatik dago krisi politikoan”

¿Y en Euskal Herria?

¿Y qué hicieron la CAPV y Navarra? El Gobierno Vasco y las tres diputaciones de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa se reunieron con el Estado y anunciaron a bombo y platillo un acuerdo bilateral. Vamos, de igual a igual. ¿El contenido? Exactamente el mismo que Montoro presentó a las CCAA del régimen común con un “lo tomas o lo dejas” tan unilateral como español. ¿Y Navarra? Exactamente lo mismo, acordado –¿casualmente?– el último día hábil de julio de 2018. Es decir, las Administraciones vascas acuerdan de buen grado la misma injusticia que el Estado impone a las demás CCAA: un tope de déficit del 0,4% en 2018, el 0,1% en 2019 y el 0% en 2020. Y la misma regla de gasto que el resto de Comunidades. Esa es la garantía de que el autogobierno, de facto, no existe.

“Con esos acuerdos –subraya Txiki Muñoz–, por mucho que la izquierda llegue a los Gobiernos, no tiene margen para cambiar las políticas. Es una camisa de fuerza, utilizando la expresión de Azpiazu”, consejero de Hacienda de la CAPV. “Ésa es la clave de la crisis de la izquierda política, incapaz de promover una alternativa al neoliberalismo. Si se renuncia a explicar y combatir estos acuerdos, la sociedad pierde referencias alternativas y será cada vez más conservadora. La socialdemocracia ha renunciado a ello, dejando todo el camino libre a la ultraderecha”. Se cumple así ese viejo aforismo político: “La política no tiene espacios vacíos; lo que tú no ocupas, lo ocuparán otros”. Y con ello, otra vieja guerra resucita: la del último contra el penúltimo, pobres de aquí contra pobres de fuera, etcétera.

“Tabua gainditu da. Betidanik esan nahi zuten hori ozen esatea heroikoa bilakatu da egun, eta faxismoa bigarren mailako arazo bezala mantentzen zuen dikea apurtu da. Badator uholdea”


“Al sistema heteropatriarcal, capitalista, racista y colonial le conviene mucho la disputa entre grupos oprimidos –explica June Fernández en Pikara Magazine–, y la extrema derecha es especialista en azuzarlos. Que se lo digan a Trump, Salvini o Bolsonaro cuando azuzan la xenofobia, el racismo o la LGTBfobia para atraer a la clase trabajadora blanca […]. Recordemos a Bush utilizando la imagen de las mujeres con burka para legitimar su invasión de Afganistán”.

Los ejemplos son infinitos, y el auge del fascismo –aquí mismo– no puede ser explicado como reacción lógica contra reivindicaciones que han ganado terreno en los últimos tiempos. “Parece que la culpa de despertar al fascismo es de Cataluña -escribe Estitxu Garai en Argia-. ¿O era de las feministas? Si la lucha por una sociedad más justa cobra fuerza, parece que eso despierta al fascismo. Pues no: el fascismo está ahí, y si ahora se levanta es porque antes ha estado muy cómodo, porque no le ha hecho falta”. Dicho de otra manera: “Si ahora notamos más la bota que nos aplasta es porque empujamos hacia arriba; si estás quieta, no la notarás tanto, pero eso no hace desaparecer la bota; sigue aplastándote igual”.

Y esa bota se nota mucho, como apunta –también en Argia–, la profesora de la UPNA Itziar Bardají: “Hasta ahora, no defendían esas burradas públicamente; no eran políticamente correctas. Pero eso está cambiando. Se ha roto el tabú. Se ha convertido en heroico decir en voz alta lo que siempre han querido decir, y se ha roto el dique que mantenía al fascismo como un problema residual. Viene la riada”. Y la propia Itziar señala que “los modelos de vida basados en el mercado y el consumo nos han robado la capacidad de profundizar y madurar de forma colectiva como sociedad”. El periodista Daniel Bernabé subraya que “es muy fácil decir que los moros vienen para invadirnos y jugar con esa idea tradicional. La única manera de luchar contra eso -añade- es integrar a la gente en la vida real. Es mucho más difícil que te creas esas mentiras cuando participas en actividades sociales o militas en un sindicato que cuando estás tú solo”.

El más débil, convertido en enemigo

Los prejuicios no son exclusivos de la extrema derecha, y están alimentados por medidas políticas aparentemente inocuas, pero que van creando ese magma del que se nutren el racismo y la xenofobia. Ahí están, por ejemplo, las enormes dificultades para que se debata en el Parlamento Vasco la ILP sobre Renta Garantizada de Ingresos (RGI) o incluso el veto recibido por parte del Gobierno de Navarra, que impidió incluso la recogida de firmas alegando que la ILP iba a suponer más gasto. Tampoco es inocente que el Gobierno Vasco haya elegido el origen de los padres y madres del alumnado como eje principal para su informe sobre la escuela vasca, marcando una frontera entre el ‘ellos y el nosotros’ en función de la nacionalidad y desechando como causa de la segregación escolar la situación socioeconómica de las familias (independientemente del origen de los progenitores).
“Desde el momento en el que se crean la problemática del ‘yo’ y ‘el otro’, hay un proceso de diferenciación que induce casi automáticamente a la separación –advirtió recientemente Sami Nair en Donostia–, que tiene que ver con la construcción de la personalidad que la sociedad impone al individuo”. Por esas rendijas se cuela el monstruo, y conviene detectarlo antes de que sea demasiado tarde.

En este sentido, medidas políticas aparentemente inocuas o normalizadas ensanchan esa brecha entre el ‘yo’ y la ‘otra persona’, la diferente. Así, coloca a unos colectivos dentro de la fortaleza del bienestar –por precario que sea– y del reconocimiento de ciudadanía, y a otros los expulsa a la intemperie, abocados a la mera supervivencia. Una de estas medidas, sin duda, se incluye en la proposición de ley que el PNV y el PSE registraron en abril de 2018 para reformar la Renta de Garantía de Ingresos (RGI) en la CAPV: quieren dar cobertura a la denominada huella digital para perseguir y estigmatizar a las personas perceptoras de este derecho básico.

Duela urte gutxi Trump, Bolsonaro, Orban, Salvini, Vox, AfD edo Urrezko Egunsentia ezezagunak ziren gure artean. Baina horrek ez du esan nahi ezerezetik sortu zirenik. Garrantzitsuena fenomeno horien arrazoiak ezagutzea (eta borrokatzea) da, ez horrenbeste arduradunak adieraztea (norberaren akatsak ezkutatzeko sarri)

¿Y cuál es el antídoto? “Sólo tejiendo redes de solidaridad podemos generar un cambio social”, con el objetivo de crear “una sociedad más acogedora” Son las palabras con las que Maite Ziganda agradeció estas pasadas Navidades en Iruñea el premio Haba de Oro recibido por el SEI (Servicio Socioeducativo Intercultural), asociación independiente que acompaña a menores recién inmigrados a Navarra.

La dimensión política de estas acciones es indudable, pero todas se basan en el valor de lo colectivo, todo lo contrario a la liquidez y la ligereza de algunos modelos actuales de activismo: “Antes, la gente se organizaba en torno a dos cuestiones sencillas: una ideología muy fuerte y una participación permanente”, subraya Daniel Bernabé. “Ahora, participamos en base a la nada, escribiendo opiniones, poniendo tuits; nunca antes habíamos escrito tanto, pero lo hacemos de forma muy fraccionada, y es imposible enterarse de nada”.

Por tanto, la acción colectiva con dimensión política es imprescindible, para no caer en el riesgo del mero activismo digital –por no hablar de los medios convencionales– que difunde todavía con más fuerza el mensaje que pretende combatir: la xenofobia y las ocurrencias de extrema derecha de Trump, Salvini o Vox.

El periodista Esteban Hernández aventura que Vox, “aunque sea el quinto partido de Andalucía, les viene bien a casi todos: unos, con el frente antifascista derivan hacia Vox la responsabilidad de su fracaso; y los otros (se refiere a los partidos con responsabilidades de gobierno) los descalifican (les vota gente paleta que se creen noticias falsas…) para disfrazar las políticas que ellos mismos han desarrollado y han perjudicado a la mayoría de la población”. Y para darse cuenta de esto no hace falta irse a Andalucía. “Es síntoma de la impotencia del sistema -añade Hernández-, que busca convencer a la gente mediante el miedo; ‘que vienen los fachas’ es un intento de insuflar temor porque con argumentos racionales o políticas efectivas no logran atraer a la gente”.
Umberto Eco, en su estilo inconfundible, dejó escrita una advertencia cada día más vigente:
“Sería muy cómodo que alguien […] dijera: ‘¡Quiero volver a abrir Auschwitz, quiero que las camisas negras vuelvan a desfilar solemnemente por las plazas italianas!’. Por desgracia, la vida no es tan fácil. El fascismo puede volver todavía con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar a cada una de sus formas nuevas, cada día, en cada parte del mundo. Como decía Roosevelt: ‘Me atrevo a afirmar que si la democracia americana deja de progresar como una fuerza viva, intentando mejorar día y noche con medios pacíficos las condiciones de nuestros ciudadanos, la fuerza del fascismo crecerá en nuestro país’. (4 de noviembre de 1938).” Y en todos los países.

Frente a ello, aquí y ahora, es precisa una línea de acción: “El aumento de la extrema derecha es consecuencia de las políticas de ajuste de los últimos años –resume Txiki Muñoz–; por tanto, se les debe combatir con políticas sociales, y esa debe ser la prioridad de la izquierda, tanto social y sindical, como la política”.