FUNDACIÓN MANU-ROBLES ARANGIZ

Mejorar vidas, ganar mayorías, construir soberanía

30/01/2026
Mejorar vidas, ganar mayorías, construir soberanía
Sólo a través de proyectos que atraigan a las mayorías sociales y promuevan su emancipación social y política, y su soberanía, conseguiremos una relación de fuerzas suficiente para ganar soberanía e independencia en sus diferentes dimensiones.

En el último mes, en la escuela del Forum Soberanista celebrado en Bilbao y en la Universidad sindical internacional celebrada en París, Unai Oñederra y yo hablamos de las relaciones entre la construcción soberanista y la lucha sindical y social, y de la importancia de sindicalizar y politizar a los trabajadores y las trabajadoras que se encuentran lejos de la izquierda. En las intervenciones realizadas en dos espacios diferentes pusimos en el centro ideas que se alimentan y complementan: que la mejora de las condiciones de trabajo y de vida es una condición indispensable para politizar a la ciudadanía humilde y ganar mayorías para la soberanía social y política y que esa es, entre otras cosas, una de las vías más importantes para combatir el fascismo y el auge de la extrema derecha en un contexto tan preocupante como el que vivimos.

Porque en Euskal Herria, en Europa y en todo el Norte Global, en los últimos años, se ha extendido la precarización, los salarios no han crecido al mismo ritmo que el coste de vida, el derecho a la vivienda está cada vez más lejos y los servicios públicos sufren una presión cada vez mayor. Esta situación no solo provoca un empobrecimiento material, sino que también alimenta la incertidumbre, el miedo y la despolitización en la medida en que la izquierda no confronta estas políticas y favorece alternativas reales. Por eso es imprescindible situar la lucha sindical y social dentro de una estrategia política más amplia para construir el poder colectivo de la ciudadanía a partir de la vida cotidiana.

Los trabajadores y las trabajadoras sujetos activos

En el forum soberanista, subrayamos que la construcción de la soberanía no es un objetivo meramente abstracto o institucional. Por el contrario, destacamos que se trata de un proceso estrechamente relacionado con la lucha sindical y social, que parte de las relaciones laborales diarias y de las condiciones de vida. La soberanía social y política no puede construirse sin la capacidad de responder a las necesidades básicas de la ciudadanía: hacen falta salarios dignos, condiciones laborales adecuadas, reducción de la jornada laboral, sistemas públicos de cuidados sólidos y servicios públicos universales.

Por tanto, la lucha sindical no es sólo un instrumento de defensa de los derechos, es un espacio privilegiado para cambiar las relaciones de poder. Cuando los trabajadores y las trabajadoras nos organizamos colectivamente, vemos nuestra fuerza, nos convertimos en sujetos activos y desarrollamos nuestra conciencia política. Entendidas así, las luchas en el mundo laboral no son meras luchas sectoriales: son las bases de un proyecto de país. La soberanía, por tanto, no es una promesa lejana de futuro, sino un proceso que se trabaja aquí y ahora; que se materializa también en convenios laborales, movilizaciones y organización colectiva.

En la universidad sindical internacional, Unai Oñederra puso el foco en un elemento clave para articular este poder colectivo y ganar una relación de fuerza política y social: cómo sindicalizar y politizar a los trabajadores y las trabajadoras que se encuentran lejos de la izquierda. Porque la despolitización no es neutral; la alimenta el propio sistema económico y político, presentando los problemas de las personas trabajadoras como fracasos individuales e invisibilizando las respuestas colectivas.

Politizar, en cambio, no es imponer una ideología determinada, sino que los trabajadores y las trabajadoras entiendan que los salarios bajos, la inseguridad laboral o los problemas de vivienda no son problemas personales, sino consecuencia directa de una estructura económica y política. Para ello presentamos a los sindicatos como un espacio fundamental: porque en él se comparten los problemas, se organizan y se convierten en una lucha colectiva.

La huelga, la movilización o la organización en el centro de trabajo se convierten en experiencias políticas cuando los trabajadores y las trabajadoras ven en la práctica su capacidad colectiva. Estas experiencias son precisamente la llave para acercar a personas que se encuentran lejos de la izquierda: cuando la política demuestra que mejora la vida cotidiana, cobra sentido.

Ambas concertaciones reafirmaron una idea común y fundamental para ELA: que la mejora de las condiciones de trabajo y de vida no es un ámbito de lucha limitado o parcial, sino una estrategia eficaz para activar, organizar y promover la transformación política y social de la clase trabajadora y de la ciudadanía humilde y ganar soberanía. Cuando se mejoran las condiciones de vida de los y las ciudadanos/as humildes, se genera confianza; esa confianza alimenta la organización, y la organización construye el poder colectivo. Ese es el camino para que gane la mayoría social.

En el País Vasco, además, esa lucha tiene una dimensión propia. La reivindicación de ‘Trabajar aquí, decidir aquí’ subraya la importancia de construir marcos propios de relaciones laborales. Decidir aquí las condiciones laborales no es una mera reivindicación técnica; es un paso decisivo hacia la soberanía social y política. Por eso, decidir aquí los convenios laborales propios, el salario mínimo propio o todo lo relativo a las políticas públicas es fundamental para avanzar como pueblo.

El 17 de marzo, ¡huelga general!

Es precisamente en este contexto donde se enmarca la huelga general convocada para el 17 de marzo. Esta huelga no es una movilización aislada ni una mera lista reivindicativa. La huelga pone sobre la mesa todo un paradigma: decidir en Euskal Herria un salario mínimo interprofesional de 1.500 euros, y reivindicar el derecho a decidir aquí las condiciones laborales y de vida.

Esta reivindicación demuestra que la lucha laboral y el proyecto soberanista son dos caras de la misma moneda que se retroalimentan. Un salario mínimo digno no es sólo una cantidad de dinero; es un instrumento para garantizar una vida digna y, al mismo tiempo, una expresión de la capacidad de la ciudadanía para decidir sobre los instrumentos básicos que mejoran su vida.

La huelga del 17 de marzo demuestra que mejorar las condiciones de trabajo y de vida, politizar la ciudadanía humilde y ganar mayorías para la soberanía social y política no son objetivos separados, sino dimensiones diferentes del mismo proceso. La huelga general es un magnífico exponente de ese proceso: el paradigma de un proceso que mejora vidas, gana mayorías y construye soberanía.