La pobreza y exclusión social tiene cara de mujer
El documento subraya que las mujeres continúan ocupando una posición de mayor vulnerabilidad. La precariedad laboral tiene un claro sesgo de género: en torno al 75% del empleo a tiempo parcial está ocupado por mujeres, y más del 60% de quienes trabajan en sectores feminizados —como los cuidados, la limpieza o el comercio— son mujeres. Estos ámbitos, además, concentran los salarios más bajos y las condiciones más inestables.
Además se da una relación directa con la distribución desigual de los cuidados. Las mujeres asumen aproximadamente el 70% del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, lo que limita sus oportunidades laborales. Muchas se ven obligadas a reducir su jornada o renunciar a ascensos, lo que repercute en sus ingresos.
Otro de los aspectos destacados es la persistencia de la feminización de la pobreza. Las mujeres representan cerca del 60% de las personas con ingresos bajos, y la situación es especialmente grave en hogares monomarentales, donde el riesgo de pobreza supera el 40% y son en consecuencia quienes más prestaciones sociales perciben. También se señala la mayor vulnerabilidad de mujeres mayores que llegan al final de sus vidas habiendo sido en gran parte cuidadoras y sin tener quien las cuide.
Así, ELA cuestiona el modelo socioeconómico vigente, denunciando que se sostiene sobre el trabajo no remunerado de las mujeres. Los cuidados, imprescindibles para la vida, siguen sin estar suficientemente reconocidos ni redistribuidos entre el conjunto de la sociedad.
Finalmente, el informe insiste en la necesidad de políticas públicas que aborden estas desigualdades de raíz: refuerzo de los servicios públicos de cuidados, medidas efectivas para cerrar la brecha salarial, mejora de las condiciones en sectores feminizados y avances hacia una corresponsabilidad real.
En definitiva sin cambios estructurales y sin una mirada feminista en las políticas económicas y laborales, la desigualdad de las mujeres seguirá siendo una constante.