MOVILIDAD SOSTENIBLE

Recuperar lo colectivo: una reflexión sobre la movilidad sostenible

08/06/2026
Recuperar lo colectivo: una reflexión sobre la movilidad sostenible
En un momento en que la emergencia climática ya no admite aplazamientos y el transporte se ha convertido en el principal sector emisor de gases de efecto invernadero en Euskadi, el profesor David Hoyos, de la Universidad del País Vasco (EHU), planteó una profunda reflexión sobre el futuro de la movilidad. Bajo el título “Movilidad sostenible: recuperar lo colectivo”, la conferencia cuestionó algunos de los principios que han guiado durante décadas las políticas de transporte y defendió la necesidad de un cambio de paradigma basado en la proximidad, la accesibilidad y la justicia social.

(Resumen de la intervención de David Hoyos)

A pesar de que la sostenibilidad ocupa un lugar central en los discursos institucionales, las políticas públicas continúan apoyándose en una lógica tradicional: responder al aumento de la demanda mediante la construcción de nuevas infraestructuras. Tras más de treinta años de hablar de movilidad sostenible, esta sigue siendo con frecuencia una nueva etiqueta para viejas recetas.

Uno de los ejes centrales de la intervención fue el cuestionamiento de las grandes obras de transporte que suelen presentarse como soluciones inevitables a los problemas de movilidad, como el TAV o la subfluvial de Lamiako. Hoyos insistió en la necesidad de someter estas iniciativas a evaluaciones rigurosas que tengan en cuenta no solo sus beneficios potenciales, sino también sus costes ambientales y sociales.

La humanidad ha sobrepasado ya siete de los nueve límites planetarios identificados por la comunidad científica, mientras que Euskadi mantiene una fuerte dependencia de los combustibles fósiles. En este contexto, seguir promoviendo modelos de movilidad basados en el crecimiento constante de los desplazamientos motorizados resulta incompatible con una transición ecológica real.

La situación adquiere una relevancia especial si se considera que el transporte representa ya el 38 % de las emisiones de gases de efecto invernadero de Euskadi.

La dimensión social del problema. Más allá de sus impactos ambientales, el modelo actual de movilidad genera desigualdades significativas. Una parte importante de la población carece de vehículo propio o de permiso de conducción, circunstancia que limita el acceso al empleo, la educación, la sanidad y la participación comunitaria cuando el territorio está diseñado en función del automóvil. La dependencia del coche, afirmó Hoyos, no solo organiza los desplazamientos; también condiciona las oportunidades de vida de las personas.

Frente a esta realidad, la propuesta defendida apostó por un cambio profundo de enfoque. La movilidad no debe entenderse únicamente como un problema de ingeniería o de gestión del tráfico, sino como el resultado de un determinado modelo urbano, económico y cultural. Reducir la necesidad de desplazarse aparece así como un objetivo prioritario. Para ello resulta imprescindible actuar sobre la planificación territorial, promover ciudades compactas, acercar vivienda, empleo y servicios, y favorecer formas de vida basadas en la proximidad.

En esta visión alternativa, la movilidad activa —caminar y desplazarse en bicicleta— ocupa el primer lugar de la jerarquía, seguida por un transporte público de calidad concebido como servicio esencial. La ampliación de la capacidad viaria deja de ser la respuesta automática y pasa a considerarse una medida de último recurso. La accesibilidad sustituye así a la movilidad como criterio central de planificación: lo importante no es recorrer más kilómetros, sino poder acceder a las necesidades cotidianas con menos desplazamientos y menor impacto ambiental.

También habló de “la ideología social del automóvil”. El coche ha sido presentado históricamente como símbolo de libertad individual, pero su generalización ha generado dependencia estructural, congestión, dispersión urbana y pérdida de espacio público. Incluso la electrificación del parque automovilístico, siendo necesaria para reducir emisiones, resulta insuficiente para resolver problemas como la ocupación del espacio urbano, la siniestralidad o la fragmentación territorial.

Como horizonte, dibujó una ciudad diferente: barrios a escala humana, transporte colectivo como columna vertebral de la movilidad, protagonismo de peatones y ciclistas y una recuperación del espacio público como lugar de convivencia. La movilidad sostenible apareció así no solo como una cuestión ambiental, sino también como una herramienta de cohesión social, igualdad y democratización del acceso a la ciudad.

La conclusión fue clara: la transición hacia una movilidad verdaderamente sostenible exige mucho más que sustituir vehículos de combustión por eléctricos o construir nuevas infraestructuras. Requiere revisar las prioridades colectivas, transformar el modelo territorial y devolver protagonismo a lo común. En definitiva, recuperar lo colectivo como principio rector de la movilidad del siglo XXI.